¿Alguna vez han tratado
de hablar
consigo mismo?
Encájenlo.
Si lo hacen
descubrirán a aquél
que se esconde
en sus avenidas del centeno,
tras la risa abotargada
y miserable.
Cobarde, sí,
y valiente,
como el último soldado
al que la mano del general
le empuja
a suicidarse
entre los demás.
Como uno más.
lunes, 7 de marzo de 2011
Ganarte las alas
Podías ver tu cara todos los días
odiarles
casi como
si hubieras inventado
toda la maldad
pero ellos no podían sentirla.
Podían ver que te plegabas
a ellos
porque necesitabas
el dinero
de fin
de mes.
Podías ver que no manejabas su lenguaje,
su jerga de moda,
sus crónicas al oído,
su estilo imbuido
de modernidad impoluto.
Y tú,
sacabas religiosamente
tu comida.
No hablabas con nadie.
Intentabas hacerlo fácil,
llevadero.
Respetabas los horarios,
tus horas de descanso,
y hasta ese hilo musical
que te amordazaba
mientras
te vestías
con el maldito traje azul.
Podías ver sin descanso
a todos ellos,
correr,
silenciarse a la orden,
al toque de queda,
almacenar su ropa
todos los días
y
sus almas
en cajas de cartón.
Podían ver como embalabas cada tarde las perchas,
aguardando la puntual hora,
reunirte con una mujer
-podía ser realmente tuya-
lejos,
muy lejos
aunque no te sintiesen,
aunque no les acobardase
su imaginación
al verte marchar.
Tal vez cervezas en un bar repleto
y solitario,
tal vez en el conjunto de una amistad
reunida
y desgajada
esa tarde por unas horas
te sacaban del apuro,
te extirpaban la locura
de tus cañerías rotas.
Pensabas en el arte,
en las palabras que una vez inventaste,
en las correas rotas,
en las llamadas a larga distancia
que siempre se cortaban
cuando no lo necesitabas,
en la cabina del teléfono
desde la que solías expresarte
con la familia
cuando lo necesitabas.
Descolgabas,
marcabas,
esperabas silencioso
al recibo de voz,
al otro lado,
que te aproximaba
a la certitud de una lumbre,
de un calor longitudinal
y permanente.
Pensabas en los sitios de los que te echaron,
en las casas en las que no fuiste bien recibido,
en los brazos de la mujeres
que había fuera,
existentes,
imaginarias,
tan distantes
y que nunca tocarías.
También en la vida plácida
que se te escapaba
de los detalles pequeños,
de las rendijas diminutas de la vida.
En cuánto habías escuchado música a solas
mientras caían copos de nieve
del tamaño de un puño
y a solas también
descorchabas algo
y escribías
mirando el paisaje,
los gatos,
las ventanas decadentes
y herrumbrosas
de la nueva modernidad
-era una panadería de un patio interior
a la que daba tu pequeño cuartucho-.
Hasta ahí habías llegado,
habías golpeado fuerte,
habías sostenido tu cuerpo sin ayuda.
Y ahora estabas en sus manos.
Firmar la despedida
requería
tiempo.
-Cien horas en vela,
algunas mañanas
rellenando papeles,
ademanes desaprobando en la esquina
del estribo
mientras tú sostenías
tu mirada firme...-
TIEMPO para que tu sangre se apagase,
incinerase una civilización
cosidas con telares,
TIEMPO para que tu sangre
bañara esas mismas perchas.
Tiempo para que tu tiempo
fuese su tiempo.
Guardabas instantes,
intentabas olvidar
qué es arte,
que son tus horas de trabajo,
que había sido para ti
este o aquél otro escritor.
Tiempo para saber que tus horas
eran un arado concéntrico
como decía Miller:
con las mismas personas,
los mismos gestos,
las mismas almas quebradas.
Tu vida les pertenece.
Es una herencia acordada,
pactada de antemano:
tus alas de gaviota.
-''Chico, te las daré
cuando hayas saldado
tu cuenta''.
El tiempo,
ahí estaba.
Me las dieron.
Escribo esto
mientras
termino de pensar
cómo acortar los plazos
y rejuvenecer
el espíritu de cárcel
al aire libre,
sin nadie
a quien dar explicaciones.
Y ellas mismas no impliquen
realeza,
corte,
gusto proyectado
sobre una foto
y sí, miseria,
pobreza,
alcance de los límites urbanos,
de las aceras de los machacados,
porque ello
diría de mí,
con los años,
-con el tiempo-
que las palabras
me salvaron,
que tenían precio
y alguien
pagó
por ellas.
sábado, 12 de febrero de 2011
Labios cerrados
"Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes,
ya desmoronados" (F.D.Quevedo)
si un tiempo fuertes,
ya desmoronados" (F.D.Quevedo)
Caminan los niños en sepultura.
Boca y labios cerrados llenas de palabras.
Sarmiento, lengua de arena y de impulsos,
viveza, arrojo en esta tarde cálida.
-Siempre soñé con escribir el epitafio de los demás-
miércoles, 9 de febrero de 2011
A Fide
Recuerdo a Fide muerta por el cáncer,
por un cáncer remoto e impoluto recogido sobre las sábanas.
La recuerdo en una adolescencia mía de los 15 años
indolente y apadrinada por el juego, por la contraorden,
por la condescencia sin preocupaciones...
Recuerdo su cara como un estanque cerrado de agua embalsamada.
Su cuerpo donde se reflejaban las chimeneas de oro turbias
sobre ese mismo agua obscena
que era su cuerpo y su alma.
La noche estaba alta, las risas prendían y los farolillos, puntuales,
daban luz,
luz, a una ciudad de adoquines y aullidos.
Hoy escuché en la radio la historia de un nieto a su hijo.
Decía así:
''Abuelo habrás de recordarme lejos, donde te halles.
Allí donde los desconocidos te hayan robado los secretos
y te den ramos de flores.
Yo te guardo una parte para mí cuando morir haya de ser un trámite.
Como atesoro tu rostro desdibujado en nuestra pequeña casa:
tus manos excéntricas y huesudas,
tu cabello corto sobre la calavera horadada por el sol.
Tu chisquero y tu cigarro nervioso sobre el labio inferior afilado.
Tu racimo de uvas envuelto en el periódico de la mañana.
Así recuerdo''.
Y, a mí, por mi parte, ahora diré
que otro rostro,
la misma faz de mi nieta, de mi abuelo,
o yo quizá de su hijo
-perdonadme, yo no sé...
he confundido los lazos con los años-
ha venido a cuajarme,
a inquietarme brevemente mi memoria febril,
me ha quebrantado una legua de sueño
y pronto la he vuelto a olvidar y verse alejarse hacia la tumba
como resolvía de costumbre,
discreta, amarga, sencilla, besando el sueño del que no besa
o nunca lo ha hecho.
por un cáncer remoto e impoluto recogido sobre las sábanas.
La recuerdo en una adolescencia mía de los 15 años
indolente y apadrinada por el juego, por la contraorden,
por la condescencia sin preocupaciones...
Recuerdo su cara como un estanque cerrado de agua embalsamada.
Su cuerpo donde se reflejaban las chimeneas de oro turbias
sobre ese mismo agua obscena
que era su cuerpo y su alma.
La noche estaba alta, las risas prendían y los farolillos, puntuales,
daban luz,
luz, a una ciudad de adoquines y aullidos.
Hoy escuché en la radio la historia de un nieto a su hijo.
Decía así:
''Abuelo habrás de recordarme lejos, donde te halles.
Allí donde los desconocidos te hayan robado los secretos
y te den ramos de flores.
Yo te guardo una parte para mí cuando morir haya de ser un trámite.
Como atesoro tu rostro desdibujado en nuestra pequeña casa:
tus manos excéntricas y huesudas,
tu cabello corto sobre la calavera horadada por el sol.
Tu chisquero y tu cigarro nervioso sobre el labio inferior afilado.
Tu racimo de uvas envuelto en el periódico de la mañana.
Así recuerdo''.
Y, a mí, por mi parte, ahora diré
que otro rostro,
la misma faz de mi nieta, de mi abuelo,
o yo quizá de su hijo
-perdonadme, yo no sé...
he confundido los lazos con los años-
ha venido a cuajarme,
a inquietarme brevemente mi memoria febril,
me ha quebrantado una legua de sueño
y pronto la he vuelto a olvidar y verse alejarse hacia la tumba
como resolvía de costumbre,
discreta, amarga, sencilla, besando el sueño del que no besa
o nunca lo ha hecho.
Paz
Dicen los que estaban en la trinchera sosteniendo un mauser que a veces los tiros de salvas abrían socavones en sus diminutas calles y casas de una y dos plantas, en la pobretería de un arrabal secado, en la humedad de una tibia lluvia que caía de lado y se iba y volvía y continuaba encendiéndose una noche sí y un día también en Madrid.
Que ello no sepultó su ánimo y que, con descanso, Luckaks entreguaría a la guerra un nuevo rito, un cuerpo de un batallón de hombres peinado, aseado, entregado con un nuevo traje como un caramelo y su muñeca de nuevo al frente. Pero nunca se consiguió, nunca hubo un tiempo para la espera, nunca hubo un respiro para el cuerpo fogueado. Han pasado algunos años desde que aquél hombre que hoy es mi abuelo con su nariz redonda, gesto callado y sabio y mirada traviesa me contó con sus manos inquietas y nerviosas pormenores de una lucha fratricida lejana. Que los moros eran los primeros en comer y jalear ruido, en entregar a una mesa de roble la bocanada de tabaco y griterío. Que la tropa callaba y se ponía firme. Que al grito de firme, todos corrían delante de la fusta y el fusil.
Hoy es un miércoles por la mañana y restaña la luz debajo de las puertas y cajones y quizá por eso y no por una explicación más elaborada, y porque el mundo de los sueños responde a la patria que sale de la lógica en un hombre, veo contar a rodajas su vejez y su muerte. Porque la noto cerca, holgada, trazada tristemente con un cordel fino tras la que hay una mano a punto de segar su herencia labradora y sus pies descalzos de niño todavía de cuando a los 13 años le dieron en adopción sin familia.
Porque hoy un hombre también trata de poner en orden sus ideas y poner en paz su cuerpo consigo mismo. Porque necesito perdonarme y perdonar a aquellos a quien miserablemente he odiado por el camino de la ceguera y he recuperado algún papelucho, alguna cuartilla que escribiré en sus sepulturas.
Enrarecidos golpes del costado asesino
que los hicistes tuyos,
que has conseguido hacer del amor a los que amas
disciplinado y displicente.
Donde hallas, buscas celdas de palomas
sobre las carrocerías de los coches abandonados en otro tiempo.
Buenaventurada trinchera del odio,
moqueta raída sobre las migajas de la tiranía.
Eso es lo que queda, mujer:
cicatrices arañadas al espejo,
la incertidumbre de un rostro que se asoma a su barba helada,
a su edad tardía,
a su vejez enlatada en un cuarto de baño.
A la ceremonia de los huesos de mimbre en un estanque,
en una rivera muy pequeña.
Déjame decirte a la luz abierta de un nuevo día,
donde hoy, tras meses, se ha puesto el sol alto,
muy alto,
que una página marcada en un libro,
me ha devuelto a los tomos donde sellé
una promesa de amor, de un ser querer ser,
bajo el alcohol, besos y caminantes
en la noche de los tiempos sin Norte,
donde veía marcharse a la mujer de papel en un cafetín solitario.
Soledad de tus penas, abuela,
Soledad de mis escritos, hijos,
Soledad orillada, ancestral, en ciudades que han de venir, amigos,
amigo del vientre, amigo.
viernes, 21 de enero de 2011
"There must be some way out of here," said the joker to the thief, "There's too much confusion, I can't get no relief. Businessmen, they drink my wine, plowmen dig my earth, None of them along the line know what any of it is worth.", Bob Dylan, All along the Watchover.
Tengo la impresión de que TODO está descansando pacientemente. De que todo está esperando su turno durante años para levantar un día su mano y estallar en un golpe seco y álgido al unísono.
Hoy es uno de esos días donde uno se proyecta en la mirada de un hombre mayor, cataliza su serenidad y asiente, se marcha, hace de rogar a las violentas consecuencias que con su suciedad han empapado a otros pero no calan. No estoy seguro de si llevo traje y ese sudor, esa sangre, esa mezcla de pasión y entrañas que ha reventado, ese lagrimal áspero y de aluminio, me ha cubierto de una gran bola de mierda como diría un escritor maldito.
Él también diría que, solamente y durante años, nunca se había dado cuenta de que la costa no era bonita un lluvioso enero, sino hubiera reparado por él un niño que apenas levantaba dos palmos del suelo y tiraba de su mano huesuda inquieto y vivaz en sus primeros pasos por el mundo.
Tengo la impresión de que TODO está descansando pacientemente. De que todo está esperando su turno durante años para levantar un día su mano y estallar en un golpe seco y álgido al unísono.
Hoy es uno de esos días donde uno se proyecta en la mirada de un hombre mayor, cataliza su serenidad y asiente, se marcha, hace de rogar a las violentas consecuencias que con su suciedad han empapado a otros pero no calan. No estoy seguro de si llevo traje y ese sudor, esa sangre, esa mezcla de pasión y entrañas que ha reventado, ese lagrimal áspero y de aluminio, me ha cubierto de una gran bola de mierda como diría un escritor maldito.
Él también diría que, solamente y durante años, nunca se había dado cuenta de que la costa no era bonita un lluvioso enero, sino hubiera reparado por él un niño que apenas levantaba dos palmos del suelo y tiraba de su mano huesuda inquieto y vivaz en sus primeros pasos por el mundo.
Siempre hay niños que tienen el temor de que oscurezca. Que la loma de luces contraídas les lleve a granjas desconocidas en pleno campo, les dejen sin la sonrisa perfecta paterna, sin la pasión irreverente y ociosa del calor en invierno y les arranquen los órganos los duendes de la edad temprana para hacerse collares de estaño con la luna.
--
Gracias al odio. Gracias al rencor. Gracias a la vehemencia, gracias a la tierra baldía y arrasada. A los años, a los tuyos. Gracias a la cánula que me da las calles rotas de cosas sin vida. Gracias al embrión lazo de la muerte del poeta y su silencio, que no ha traído el humo de la demencia en ceniza de los altos hornos donde la calavera se arromolina al galope y no ha dado todavía la muerte a mis poemas.
--
Gracias al odio. Gracias al rencor. Gracias a la vehemencia, gracias a la tierra baldía y arrasada. A los años, a los tuyos. Gracias a la cánula que me da las calles rotas de cosas sin vida. Gracias al embrión lazo de la muerte del poeta y su silencio, que no ha traído el humo de la demencia en ceniza de los altos hornos donde la calavera se arromolina al galope y no ha dado todavía la muerte a mis poemas.
El crimen de la velocidad de los años
es santo y seña del suicido,
de los siglos, de su diéresis.
¿Para qué sirve el anonimato bajo tierra?
¿Por qué hemos derramado la tristeza bajo el quinto sol?
¿Por qué andan las plegarias en vela?
¿Por qué estallamos el vástago verso
de los hombres que aún padecen?
¿Para qué la ultimísima respuesta cuando haya amanecido
sobre todo esto,
sobre la calavera de abril
en un otoño anarajando y sin palabras?
es santo y seña del suicido,
de los siglos, de su diéresis.
¿Para qué sirve el anonimato bajo tierra?
¿Por qué hemos derramado la tristeza bajo el quinto sol?
¿Por qué andan las plegarias en vela?
¿Por qué estallamos el vástago verso
de los hombres que aún padecen?
¿Para qué la ultimísima respuesta cuando haya amanecido
sobre todo esto,
sobre la calavera de abril
en un otoño anarajando y sin palabras?
Sín título II
Tienes toda la razón. Es una noche en que todos nos volvimos locos. Los psiquiatras estaban en mi cabeza y yo no podía quitarme sus voces. Volvían a dejarme sobre el diván pero en cualquier caso es una noche de confesión en que el hombre no se guarda para su folio ni el título. Lo reconozco.
Pequé en la noche violenta con el mal de todos los males. Traté mal a todas esas mujeres a lo largo de mi vida. Las grité. Las hice ir a por bebida de madrugada sin apenas tiempo para vestirse. Quiero que sepas que estoy detrás de tus ojos. He caído en ellos y esto es un magnífico juego de chiflados en que andamos jugando al ajedrez.
Pero sí, si lo quieres dicho así, asumo mi culpa. Me emborraché y grité por el balcón y me apoyé en la barandilla para mear a la calle y dije que era para bendecir a todo aquel que no hubiera sido bautizado. Dije que era el nuevo Papa joven en su reciente nomenclatura y que debía de hacer algo para que la humanidad me recordase.Brindo por ello. Después vinieron otras cosas más y no las recuerdo bien pero creo que aposté porque llegaría a ser presidente del gobierno en aprobar las drogas duras y que todo esto desembocaría en una cena llena de jolgorio y una extensa charla con Freud sobre la divinidad y el ateísmo.
Ahora cuando todo ha pasado dicen que fue enajenación pasajera. QUE NO OCURRIÓ. Pero pasó y todavía tengo las pruebas de ese día. Algún día te las enseñaré o te las enviaré por carta. Aunque estemos muy lejos el uno del otro.
Pequé en la noche violenta con el mal de todos los males. Traté mal a todas esas mujeres a lo largo de mi vida. Las grité. Las hice ir a por bebida de madrugada sin apenas tiempo para vestirse. Quiero que sepas que estoy detrás de tus ojos. He caído en ellos y esto es un magnífico juego de chiflados en que andamos jugando al ajedrez.
Pero sí, si lo quieres dicho así, asumo mi culpa. Me emborraché y grité por el balcón y me apoyé en la barandilla para mear a la calle y dije que era para bendecir a todo aquel que no hubiera sido bautizado. Dije que era el nuevo Papa joven en su reciente nomenclatura y que debía de hacer algo para que la humanidad me recordase.Brindo por ello. Después vinieron otras cosas más y no las recuerdo bien pero creo que aposté porque llegaría a ser presidente del gobierno en aprobar las drogas duras y que todo esto desembocaría en una cena llena de jolgorio y una extensa charla con Freud sobre la divinidad y el ateísmo.
Ahora cuando todo ha pasado dicen que fue enajenación pasajera. QUE NO OCURRIÓ. Pero pasó y todavía tengo las pruebas de ese día. Algún día te las enseñaré o te las enviaré por carta. Aunque estemos muy lejos el uno del otro.
Sin título
Donde hay sol, sequedad de luna
Ramal, vientre en la loma caída
y doncellas en tus sienes plateadas.
Donde hay camino, ay hijo, donde hay camino,
preguntárselo al poeta.
--
¿Por qué has venido de nuevo
muerte?
Por qué has venido a cuajar en el espejo
y contarme las rodajas de soledad
que hay sobre mi alcoba negra.
Quién te ha dado el camino hasta mis cicatrices.
Ahí están todas ellas,
caminando hacia mi.
Quizá sea cierto.
Quien cierra la puerta
vuelve a agolpar de un portazo sus voces malditas.
En este cuaderno flaco de invierno,
en donde ya no cabe mi cuerpo,
a tientas escarbo la luz sigilosa y cobarde
que me pone frente al espejo otra vez,
otra vez pactada,
como en aquellos condenados años
donde la luz gritaba bajo mi hierva,
bajo mi herencia de futuro cadáver,
y yo era el saco asustado de tempestades de un innoble crío
que huía en su dormitorio cercado por la lumbre,
por el calor de un batallón perdido
en los tiros de salvas muy temprano,
en la primera hora de la guerra al pespuntar el grito,
y también en esas primeras horas en que
las víctimas caían en números con una inicial de sangre,
como yo entre tanta gente
ahogado por la codicia de escapar a otro mundo.
Ramal, vientre en la loma caída
y doncellas en tus sienes plateadas.
Donde hay camino, ay hijo, donde hay camino,
preguntárselo al poeta.
--
¿Por qué has venido de nuevo
muerte?
Por qué has venido a cuajar en el espejo
y contarme las rodajas de soledad
que hay sobre mi alcoba negra.
Quién te ha dado el camino hasta mis cicatrices.
Ahí están todas ellas,
caminando hacia mi.
Quizá sea cierto.
Quien cierra la puerta
vuelve a agolpar de un portazo sus voces malditas.
En este cuaderno flaco de invierno,
en donde ya no cabe mi cuerpo,
a tientas escarbo la luz sigilosa y cobarde
que me pone frente al espejo otra vez,
otra vez pactada,
como en aquellos condenados años
donde la luz gritaba bajo mi hierva,
bajo mi herencia de futuro cadáver,
y yo era el saco asustado de tempestades de un innoble crío
que huía en su dormitorio cercado por la lumbre,
por el calor de un batallón perdido
en los tiros de salvas muy temprano,
en la primera hora de la guerra al pespuntar el grito,
y también en esas primeras horas en que
las víctimas caían en números con una inicial de sangre,
como yo entre tanta gente
ahogado por la codicia de escapar a otro mundo.
sábado, 11 de diciembre de 2010
Cárcel me arranca
Sé que no quiero hacerlo, que no quiero decirlo,
y al menos se me dice mansamente
dónde están mis límites.
He visto hoy morir impunemente a mis nietos
los he visto besar la mansedumbre de la tierra seca y agria,
aplacarse, arremolinarse los astros en picado
y en un puño,
caer sus huesos sobre sí en una azalea,
en su lomo desamparado y cobarde.
No hacía más en el sueño o en la tarde obscena
que domar mis libras de carne al viento
y todos me miraban desapasionados, lúgubres, despavoridos,
quietos en la velada del día cuerdo.
Yo, arrojado a las ascuas,
me di llanto, me di un ocaso,
me concedí un pensamiento consagrado.
Y Tú, sólo Tú
a la tarde le pones tú el nombre porque sí,
feroz lince del amor impoluto y violento.
Eres río, turbia urbe, pura,
agua tormentosa, definida, acabada,
cancela abierta en la cárcel de mis días,
por qué se mueren más los muertos,
por qué se mueren sin copla,
por qué se mueren,
sin riña,
sin escarmiento,
sin llanto eterno.
viernes, 1 de octubre de 2010
Desde la locura
Perro hambriento, nubes, qué digo;
manojo de cuerpo huesudo
viendo su final,
acordes de la orfandad.
Tú en vilo.
Tú en vilo.
Tú en vilo.
Pasillos, reguero de luz finísima,
maremoto muerto,
locura.
Bromuro en las entrañas.
Suerte al sístole
si te aguanta la vocación
de tu sonrisa eterna:
el hombre busca saciar su hambre
pero no se atiene a su invierno,
a su santo invierno revelador;
más,
a su hambre,
a su hombría ya saciada.
jueves, 23 de septiembre de 2010
Librillo

En la vida pueden oírse tres cosas, tres: estás gordo, triunfarás y tu madre se ha muerto. Prefiero elegir la última y dejar flores sobre alguna parte donde antes sacrificaron un cordero y la nueva civilización bebió de su sangre como un manantial de eterna juventud.
Después ya vinieron otras cosas y con esas mismas cosas, la gente comenzó a construirse, a venirse a arriba, a materializar aquel sueño hereje que otros compartieron y, por él, otros tantos fueron a la hoguera. "Yo sé que ha pasado algo, que está pasando", escuchaba bramar de la boca de una mujer mayor desdentada en un café. Quizá todo eso sea el principio de todo aquello.
Una vez escribí en un folio de una forma telegráfica en una noche de borrachera: "Ser Julio Cortázar y esconder libros para la posteridad. No descifrar relatos y, sobre todo, no recitar poemas a tu mujer (especialmente cuando sean verdad)".
Bajo las últimas líneas anoté lo siguiente (entonces no comprendía por qué y ahora creo que de alguna manera sí): "El futuro del hombre y de su piel comienza en la mujer". Quizá haya un poco de razón en aquellas palabras demenciales.
"Qué dirán, qué se dirá de mí
cuando se quemen los papeles y mi memoria.
Qué será de mí
y de mi rostro maldito,
cuando pases de una estación a otra
y vayas viendo
apagarse mi calor silencioso,
y haber sido para ti
un padre,
un hermano,
un nieto
o tal vez un sobrino que se muere
en un junco de cama al atardecer"
Spam

"Era una pena que hablaba un lustro.
¡Qué digo! ¡Décadas! ¡Un decenio acobardado!
Ver aquel sexo deshecho y humeante pasadas dos horas desde que se había ido, sólo podía rememorarme cataratas, colas de supermercado interminables, genios encadenados en sus aulas, mujeres pasadas de edad con la permanente, gritos, voces, alaridos...Angustia ante una tumba abierta del narrador que falleció tempranamente sin haber acabado su obra."
viernes, 10 de septiembre de 2010
Latencia

Ahora sólo soy viejo
y sólo lamento no entenderme:
que el entusiasmo me olvide,
que el cuerpo no me responda con los años
a la tarde caída.
El no apurar este testamento de vida en la jauría;
dar mi voz a la voz
del que no la tiene;
acompasar el buen recuerdo del olvido,
al camino.
Ser poeta, y la vez, decir lo siguiente:
soy nadie.
Estoy maldito.
Sólo soy un anciano escribiendo a media tarde
sepultado por libros,
apurando velas.
http://www.youtube.com/watch?v=7Cduxc3_1ZI&NR=1
miércoles, 14 de julio de 2010
Risas en el patio de atrás
No me hallo aquí
("Ya echarás raíces")
pero vine para morirte como buena ciudad de mi nacimiento,
para verte a la intemperie
para cerrar ventana a ventana sin cerrojos.
Y digo esto
mientras veo este juego de artillería
al ocaso,
real
y en movimiento,
que no son más
que las nubes locas,
corrientes
y desgajadas
de la temprana caída de julio.
sábado, 10 de julio de 2010
Yestre, vacaciones los tres

Nunca te vayas a casa
como un perdedor más de tu mujer.
Como una esquirla en la carne astillada,
como un rostro sin mañana.
Y en la baja vera,
tu fidelidad,
tu callejuela,
tu tinto añado sobre el cuenco de madera,
la borrachera infinita sin sentido,
la escritura sin nombre,
y sin amo.
Acaba conmigo dice la hogaza de pan
y la mujer que siembra al atardecer:
"Ni Dios en las acacias,
ni Patria en tus entrañas,
ni dueño en tu cava,
en tu hondo corazón ondulado",
-canta la zarandera al zumbido de la sombra en verano-.
-Canta, entonces, canta....
(dice la loca del pueblo)
Overlanding

Uno a veces tiene la certeza o la absoluta arrogancia de creer que es único e irrepetible. Que a su asemejanza no hay cualquiera, ni siquiera alguien desconocido que admita el género de la duda abanicable, el perdón famélico, el aliento quebrado, la carestía intelectual o bien, y más acertadamente, la rotura de una falsa humildad que sueña por la paz de los demás, sabiendo, eso sí, que no está ni se espera su recuerdo. Y, en ocasiones, más de las que uno puede anotar, sencillamente se ha equivocado y ha esquivado el folio pero ha cogido el papel de estraza.
Anoche, un día llano en que vi caer las cuerdas de ese guiñol de las tertulias en que todos alguna vez nos hemos sentado, caí al punto final de la siguiente línea. Mi cara parece un renglón torcido le dijo el que no vivía para soñar a su jorobada que le esperaba millas arriba y cuyo puesto era un bonito culo y una placa que decía soy editora y puedes besar mi vientre.
Temimos ese corazón en la garganta, la luz de la puesta del nuevo día, el verte otra vez, el olvido, las temidas máscaras humanas al atardecer, esas que hunden al ser en la lejanía. Yo, por mi parte, le pedí a mi acompañante el ingrato favor del que se sabe perdiendo y quiere saberse: dame más dinero para beber.
Perder a la familia te obliga a buscar a la familia. Como la obra de Overlanding y del genio cabreado que hace leer a los demás para conducir y no ser conducido. Y digo yo que la obra estará ahí sobre las tumbas y nos estará esperando el conserje con nuestro cigarro encendido para que le demos la primera calada y nos sepa a gloria la tierra sombría, el abrazo, la violetera, el ramillete de reproches, la costa vacía con sus manos de sal abandonada. Y en definitiva la tierra que llega a ser tu tierra a costa de entrar por los demás.
Nacido para esto,
por esto, dijo el otro también,
el jefe de la guarnición de los bares.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
