viernes, 18 de julio de 2008

Té caliente, por favor


Ríete, ríete mucho hasta que tus mejillas se sonrojen de vergüenza.
Hasta que dejes de pensar
y te pierdas en la propia oscuridad de tu boca.
Tómate entonces a la ligera
la mirada de las gentes concurriendo a tu alrededor,
sus cabezas cambiar de sentido y posarse en tus facciones límpidas
y juveniles. Amantes de lo propio y de lo ajeno,
aunque más de nuestro fuero.

Sólo entonces, iré a llamarte,
o esperaré tu voz apagada,
cuando tus costados ya se hayan relajado
y no te duelan de reír.

Encuéntrate conmigo.
Vale,
te invito a una taza de té caliente como en los viejos tiempos.
¿Tal vez en la Cebada? ¿Tirso quizá?
-Sin azúcar, dirás tú.
Y yo reiré llegado ese momento antes de preguntarte
¿Porqué ese por qué?
Oh...
-Porque ya sé llorar cada vez que río,
deja que lo tome así.

miércoles, 16 de julio de 2008

ERAMOS JOVENES Y VIEJOS BORRACHOS


Pepin y yo nos la volvimos a coger de manera tremenda. Siempre salíamos del curso como dos pobres cobardes esperando cobijo en alguna taberna. Agraciadamente, Perú o Colombia estaban con nosotros, porque allí estaba ella tras la barra del bar del perdido polígono dos semanas en San Sebastián de los Reyes. Evelin o Martina o algo así se llamaba creo recordar. Pero bueno, el caso es que dejamos nuestras mochilas del trabajo y empezamos pacientemente con unos vinos. Luego otro, y otro, y otro más. Así hasta que pasamos al alcohol duro y acabamos fumando marihuana en los tapetes del bar. Lo siguiente que recuerdo es que nos echaron de los dos transportes públicos que cojimos y que Pepin se reía de mi particular forma de andar, con mis dos piernas divorciadas y a su bola. Decía que andaba como Groucho Marx. Bueno, la cosa tenia su gracia aunque el era un tremendo gordo, una enorme bola de carne. Pero éramos amigos de correrías y ¡que demonios! Nos sentíamos vivos y felices. No teníamos que dar explicaciones a nadie ni tampoco ese nadie nos la pedía. Al final, le perdí por el camino y acabe vomitando en cada tren que cojia y bajándome en la parada siguiente. Debí de pelearme con alguien porque mi cartera no estaba en mis bolsillos y en mi labio una pequeña comisura de sangre bajaba hasta la barbilla.

Todo esto tiene su gracia porque hace apenas unos días habían rechazado mis colaboraciones para Asertos sobre política exterior y la agencia grafica Estok tampoco había aceptado mis fotografías sobre la manifestación pronazi. Lo cierto es que la vida era bella aun así. Tenía dinero todavía en los bolsillos. Pequeñas monedas que juntadas me hacían soñar con otro trago de ron, o tal vez un buen chato de vino. Un marques de Cáceres, un Ribera del Duero, que mas daba.

Cuando llegue a casa, conseguí desprenderme de todas las ropas y meterme en la cama, no sin antes conseguir unas buenas líneas que al día siguiente no supe descifrar en mi pequeño cuaderno de notas, pero que yo sabia que había escrito. Así lo recordaba.

Debía ser de día cuando desperté porque tenía un picor sobre la nuca que me impedía retomar el sueño y la ventana estaba abierta de par en par. Las viejas medallas de deporte que tenia colgadas cerca del cabecero de la cama repicaban contra el somier de hierro y me impedían abandonarme con la cogorza. Entonces me hice la firme promesa de que no bebería como lo había estado haciendo en los últimos tiempos. La palabra para cualquier persona que no entienda la filosofía del buen beber seria salvaje y descontroladamente. Pero yo cada vez estaba mas convencido que lo hacia para lograr la paz interior que no me proporcionaban las drogas como el LSD de esos puñeteros esnobs hijos de chapistas.

Ahora Sonaba el teléfono en la mesilla. No paraba de vibrar el jodido aparato y me preguntaba porque no había sido capaz de perderlo entonces en un viejo callejón o tirarlo a una fuente o tal vez exponerme con gusto a que me lo robasen. Era Pepin, se había metido en un lío otra vez. Estaba en Carabanchel. Necesitaba dinero para la fianza. Allí fui a por el. Pague y salimos los dos. Cruzamos la calle, torcimos por la esquina de la Correderia Baja y nos metimos en el primer bar cercano a la Cava. Pedimos dos cervezas. La rueda seguía, te lo dije, éramos jóvenes y teníamos dos almas de pugiles desgastados. Era tan solo un asalto más en la vida. Ahora tocaba saltar otra vez al ring, mientras nos bebíamos nuestras jarras frías y yo escribía tu nombre sobre las gotas de agua del vidrio. Hasta otra darling.

martes, 15 de julio de 2008

¡Nos vemos!


A veces no se como empezar una buena frase. O tan siquiera comenzar a escribir algo que sepa que ha salido de mi y lleva mi sello. Tengo la sensación de perderme en un mundo de sombras. A medio camino entre las siluetas de las personas y mis ojos y labios cosidos a una careta de cuero.

Tengo una cicatriz en la mejilla que siempre digo que es porque me caí cuando era pequeño pero en realidad no recuerdo porque fue. Si no me queda la memoria para recordar estas cosas no quiero nada de mí. Es curioso cómo logramos despreciar nuestro cuerpo y someterlo a una profunda dejación cuando el alma que lo posee lo azota sin castigo. Eso que llamamos alma, debe de ser la conciencia, los sentimientos, un mágico mix de emociones que nos permite hacer las locuras mas inimaginables y llegar hasta los estadios mas altos de la degradación humana.

Vaya por delante que todo quedará entre estos papeluchos estrujados. Pese a que el otro día casi vuelvo a no contarlo te escribo estas líneas. No se si muy sobrio o muy ebrio de amor. Pero si que al menos cuando te escribo, el folio parece puntear por sus bordes tus facciones. No necesito que lo pienses. Tan solo decirte que me marcho. No puedo decirte que muy lejos porque ni tan siquiera yo lo se. De momento, te digo que me estoy bebiendo un café bueno del Fila Siete mientras miro a través de sus cristales empañados.

Hace buen día. El sol esta ya alto. Hay un negro al lado de la puerta vendiendo CD’s y Paco, el politoxicómano, parece haberse despertado de la siesta en el banco y ya anda pidiendo un cigarrillo. Pago un 1,10 por este maíz tostado. Ya nos veremos. Hasta pronto. Y yo salgo con la luz atravesando las copas de los árboles pegándome en la cara, mientras me pierdo por la calle de atrás.

martes, 24 de junio de 2008

Luz dormida


Anoche caí balando
entre las losas destartaladas
y grises de un Madrid cada vez más pobre,
creyendo que era mi cama
y tú, recostada, todavía te hallabas en ella.

Me juré cien veces que cambiaría
en las noches de vino y rosas
y aquellas frías donde no tenía dónde dormir.

Posiblemente mi error fue conocerte
y no poder borrarme tus pasos de mi mente
entrar como la luz ligera
por debajo de la puerta de madera
cuando yo hacía que dormía
y tú te quitabas los zapatos.
Y en ellos, tus pies mudos, soñadores, libres.

Hablamos muchas veces de promesas,
de futuros trabajos y de sueños irrealizables. También de sueños
que algún día cumpliríamos en algún país.
Trabajaríamos y viviríamos en una vieja habitación provinciana,
en un hotel de carreteras tal vez
y dormiríamos en la buhardilla desconchada que nadie quisiese.

Nunca elegiríamos renunciarnos
ni apagar nuestras sombras.
Bajaríamos al portal de la mano,
tocaríamos la hierba aplacada por las gotas de agua
de las jardineras y jardines
que cayeron la noche anterior
de los tejados.

Entonces, soñábamos a ser el otro
y a no decirnos mucho. Pero tampoco nada.
Porque las palabras nos gustaban cuando
salían de la boca del otro
y tú o yo podíamos quebrarnos y atajar nuestros labios
hasta el silencio
y abandonar nuestra suerte hasta el próximo callejón.

Yo viví con la promesa de no despertar
y tener que drogarme cada día
de la luz de las farolas, del empedrado de las calles,
de sentir tus pisadas tras de mí en un paso de cebra,
de encontrar tu rostro en un escaparate liquidado
en las desafinadas cuerdas de los guitarristas callejeros,
debajo de los puentes macizos
resonando los ecos turbulentos.
Non, merci, me dijiste en un abrir de miradas.
O quizá lo inventé.

Dime con todas estas palabras rezumantes
que arden en un papel por caerse a la mesa,
¿cuándo lloverás tú?

miércoles, 18 de junio de 2008

Tu tristeza. A tu lado. Homenaje.


"Un mes de mayo, un mes de abril, no sé que tren perdí. No sé qué tren fue el que perdí. No te supe hacer feliz pero estas cosas son así. Luego llegó la despedida. Luego pregunté por qué me dejas....Ella contestó....Por tu tristeza", Enrique Urquijo.

Un mes que creíste tuyo arrogándotelo.También tu vida al limitarlo. No la poseemos, la etiquetamos por un tiempo. Le ponemos nuestro pequeño sello de cartón. Y nos preguntamos esta y aquella cosa. Y a veces no damos con la respuesta. Y sí con personas que llegan a cubrirnos partes de nuestras dudas. No todas. También aquellas que nos llenan de dudas. Y entonces hablamos de la soledad y de la tristeza, porque como decías no sé hacer canciones felices. Yo tampoco. Las canciones tristes siempre son las más profundas porque tienen mucho que decir. Algo de razón tienes. Tú tenías tu razón y es curioso cómo uno se acerca a esas letras...Cerca, lejos, Cerca, lejos, Cerca, lejos. Más cerca, Más lejos. Hasta siempre.

Me gusta perder la voz entre otras voces
y que se me oiga aunque tú no lo sepas
y luego me veas dormido en los coches.
También me drogué comprando promesas,
y en los bancos fríos, en sus costados de plomo y hierro macizo.

Apenas tuve que blindar mi puerta
y levantarme por la mañana
para darme cuenta de que ya nunca estabas.
Tener tu cuerpo caliente y tus calientes manos,
abrasarme al tacto, caerme en la profundidad de tus ojos,
y ser atravesados por ellos: resucitar, volar y hacerse uno libre.
Perderse entre la gente y sentirse especial.

Tantas, tantas cosas que no volverán
y se irán con mis cenizas,
que debo decir que rompí todos mis poemas.
Los de tristeza, los de penas, los de abandono,
aquellos en los que dos almas estaban juntas,
se separaban, y se volvían a reunir también entre las hojas secas
de un parque olvidado. Como un sueño roto cosido con los alfileres que nos alejaban.

Desde hoy algo ha empezado.
Algo que se retuerce entre las miradas que se cruzan.
Miradas impersonales, de gente que se conoce solo por sus locos vestidos locos.
Llenos de colores, de sin sabores.
Es tiempo de revisarnos, de examinarnos, y de compartir sueños.
Pero a tu lado.

lunes, 16 de junio de 2008

No me ofrezcas otro trato


No me ofrezcas otro trato.
No me regales una ofrenda:
sella mis labios sin labios,
con moneda o sin ella.

Teje de madrugadas
un archipiélago de cielos enrejados,
vete y asomate al abismo
del sol y la sombra encadenada
que se quedó en mis costados.

Cruje la escarcha y la nieve dormida,
al paso lento y sinuoso,
como rompían las sábanas que serpeaban
entre tu cintura y la mía.

Se acuesta el caballo de la aurora,
y la virgen de la bata de cola,
ruedan las manos sobre otras manos,
y yo, perdido, ya no reconozco las mías.

Muge el campo elevado,
se parte la hierba blanda y áspera,
se levanta la poderosa fuerza de la naturaleza,
sella, ahora, mi boca, niña.

Descalzarse. Sólo leelo.


No hace falta escribir mucho, ni tan siquiera bien. Basta con saber encadenar unas buenas palabras, tal vez sencillas, que nos enseñaron cuando fuimos al colegio. O quizá también hacer algo con aquellas otras que estaban escritas en un viejo papelote que un compañero de fatigas nos pasó. Arrugado, lleno de manchas de lápiz y borrones, que alguien, tal vez también un viejo escritor, escribió con su lacónica pluma. Pero también aquellos olvidados fonemas estaban en un libro que le cojimos a nuestra madre o a nuestro padre de la estantería de casa. Estaba allí, casi pidiendo que le abriera y sacudieran su alma. Sí, te hablo de sus páginas, de su polvorienta voz que tanto clamaba.Y tú, inocente de ti, fuistes al día siguiente con aquellas frases lustrosas a enseñárselas a tu compañero o a la chica que te gustaba de clase...¿Mira qué cosa más bonita?

Luego, cuando nos hicimos más mayores tal vez eran las chicas las que escribían, recopilaban versos o extractos de libros. Pasajes de algún autor de moda, oraciones con gancho y que ellas se cuidaban muy mucho de transcribirlas a sus cartas perfumadas...Si todavía no sabes de que te hablo te daré alguna pista más. Me cuesta poner nombre mis pulsaciones, al latido de mi alma añeja y cicatrizada. Duele, sí, y abre sus costuras cada vez que alguien se acerca a echar un ojo. Por eso te mando esto. Para que lo leas, para que simplemente veas que son tres o cuatro párrafos de alguien que tomó cierto gusto por la escritura. No es nada, pero bueno es todo a la vez. Simplemente tengo la sensación de que, en ocasiones, me cuesta ser sincero. ¿Todavía no sabes de qué te hablo? Bueno, en fin, atiende. Cuando uno va haciéndose más mayor cree que se hace más complejo. Que es más maduro, que ha visto más cosas. Y, sin embargo, te has parado a pensar alguna vez porque nos conmueven las cosas más sencillas. No, ¿verdad?

Pues después de darle muchas vueltas creo que es porque somos más simples de lo que nos creemos.Una sonrisa, una mirada, un helado con tu cucharita, una compañía femenina durante una tarde de paseo, una cerveza en un bar, no tan lleno, un chiste, un comentario, alguien llamado como tú, alguien que no se llame como tú, pero tenga tu forma...¿Sabes ya de que te hablo?