martes, 14 de julio de 2009

El pequeño estudio


La casera vive en Francia 365 días al año
y a mi no me arregla la diminuta
televisión por cable.
Pero hay buena música en la radio: Chopin, Hayden,
tal vez algo de Mozart,
pero no lo distingo.

La casera vive en Francia
y ésta ya no tiene el frondoso bigote
circense de la anterior,
ni su querido hijo estudiante
frotando su cabeza con la granadina
cada domingo,
ni tiene un hijo que hace de su habitación
su abadía de sopa rancia y música barata.

Ahora nadie me saluda
en mi pequeño
estudio abuhardillado
que cuando lo vi por primera vez pensé:
¡Dios!¡Aquí tendré problemas con los vecinos!

Pero me siento
LIBRE
como se dice en las novelas históricas
de rastrillo
de algún escritor de segunda fila
que va al cine al cine
el día del espectador
en busca de la inspiración,
tal vez para tocarse,
tal vez para ver tocarse
a las demás parejas
en la fila de los mancos.

LIBRE como en las películas mudas
de los años 20.
LIBRE como el plumilla
que se cree genio
y baila el vals
de lo corazones rotos
con tres prostitutas
en una habitación que no puede
si quiera pagar.
Pero esas prostitutas
son grandes meretrices.
Y no hacen su trabajo.
Beben, bailan y se ríen
por unas horas
de la inconsciencia ajena.
Y eso está genial
para olvidar el verbo latino
del verbo piérdete en la inmundicia:
YO SOY LA INMUNDICIA.

Uno lee en los labios
de esas señoritas:
"piérdete en mis hendiduras
y comienza por mi liguero de naylon".
"Uooohhhh".
Y la gente ya no acude a mi piso del centro
ni me pide consejos,
porque tal vez no los necesitan,
pero soy bueno con los consejos oye.

El gato no bebe la leche
que le dejo en la repisa,
y los vecinos marroquíes
ya no joden todas las noches.
Algo está cambiando en mi pequeña vida de corcho
porque todo sigue flotando
pero hay partes que ya no veo a mi alrededor.
Y la música clásica sigue sonando,
y cada vez estoy más loco
y más LIBRE.

Hace tiempo que el calor de las mujeres
se enfrió al descorchar cada botella de champán.
Ya no creo en la gente.
No al menos como lo hacía cuando era más joven.
Aprendo a leer mis errores en sus ojos
antes de increparlos,
para intentar equivocare con más razón,
pero eso es algo que se pierde
como una pequeña hoja
en un gran lago de tristeza espumosa. Y de cerveza.

El euro es al cambio lo que la lira al dólar
y al yen. Y todos contentos y sonriendo pasando por caja.
¿Dónde está la Casablanca de las películas
y la música del güeto,
y aquellos violinistas maravillosos
que se esfumaron de la pena del badajo
cuando tocan las 12 de la noche?
Hay algo que empieza a perderse en la historia,
y los historiadores dicen:
"la gente, memoria histórica viva, se va muriendo".

La gente compra, se resiste a envejecer,
y el teatro de la calle cada vez suplanta más
a la delicadeza
y espontaneidad
del de dentro de los garitos:
hay una pugna,
de uno por parecerse a otro.
Uno es la vida. El otro, también,
pero ya no importan los actores,
importa actuar,
y se actúa mejor fuera que dentro.
Es el ritual que hay que ver
sin sentarse con las luces apagadas
porque todo echa a rodar sólo
sin el reloj en la mano.
Puedes ser un testigo de excepción
o la excepción.
Esa es tu buena decisión,
así que piensa bien lo que vas a decidir.

Pero yo me siento LIBRE,
plantando una semilla en ningún cuerpo,
en el vacío,
en el registro de un papel blanco,
más blanco que volver
de conocer a la muerte
y estrecharle la mano
mirándola a los ojos.

Me siento LIBRE
en 40 metros cuadrados,
con mi pequeño colchón de risa,
con mis cervezas a media noche
y escribiendo la muerte de los toros
en su cornamenta de sangre y fuego.

Y, por algún motivo,
el mundo loco
empieza a adelantarse a mis pasos,
a inclinarse,
a pedirme la hora
y tocarme el hombro
con la mano equivocada,
a inclinarse, vaya.
Y ahí es cuando no confío en los ojos
en que no pueda caerme
sin poder asomarme primero,
en los ojos que hay fuera preparando
algún tipo de baile,
en los ojos que están más allá
de este submundo
con el que me encuentro
cada noche que escribo
y me siento LIBRE.

sábado, 11 de julio de 2009

No pagues a donde quieras ir


Quién llamó a los desconocidos.
Y quién hizo el amago de hacerlo.
Quién es quién
y cuánto cuesta
ir de aquí a allá
sin que a uno le cueste la mirada,
y el dinero en él
y el toque de corneta
o el minúsculo toquecito de gorra.

Quién es quién
y quién puede devolverme a mi
algo.
Un camino
un sendero empedrado,
el punto final,
el billete de metro para que nunca regreses
pero mires el principio.
Quién coño es quién en esta vida.

viernes, 10 de julio de 2009

Poema en una noche de Bruselas




A las cuatro horas de la mañana
El chico ya no quería más voces.
Volví a tirarle una silla de la cocina
contra su puerta
Y aporrearla
hasta que me sangraron los nudillos:
-¡Maricón, sal y relaciónate!
Creyó que me había vuelto loco
Y lo cierto es que tenía la absoluta razón.
Pero pudo haber optado por ser amable
Y no lo fue.
Simplemente una estupenda música del café París
De los años 40 sonaba en mi ordenador
Y ponía la banda sonora
a mi locura transitoria
Una noche que no recuerdo
Pero que a buen seguro
El hijo de la casera sí que lo hará.
Era como traerse
hasta la misma silla de la cocina
o del cuarto del baño a Paco Ibáñez y oírle tocar
todas esas mariconadas a pie de campo
pero todos allí sentados,
en un pequeño taburete de madera sólo para ti
desencajando la guitarra
y levantando las cigarras a coro.
El hielo de mantener fija la mirada, pensaba.
Eso es peligroso para un hombre.
Mierda, estoy jodido.
Es decir, aquellos pensamientos
me devolvían cierta dignidad
mientras la tristeza iba dejando caer
cada día sus monedas de céntimos
sobre mi pozo.
Una y una y luego otra cayendo casi de canto
como si nos hubiéramos hallado
todos juntos aquellos que teníamos algo que decir
aquella noche de batalla sin causa.
Perro que ni me deja ni se calla. Como una pena importuna
que te levanta cada mañana con el hueso en sus dientes,
riéndose desde el infierno.
Sé que suena como un maricón
a punto de escribir su primer poema
y sé que no soy el poeta
más políticamete correcto (¿qué cojones es esto?)
pero hoy tocan en la calle blues
y los negros vuelven a retomar el pulso del jazz.
Y estoy en este mundo tan raro del que siempre hablo a nadie.
Eso me da algo de vida.
Salgo a los bares
pero veo el gesto aguantando
en otras personas
y esperando otra carne calada
como una pequeña flor abriendo
sus colores a la lluvia.
Y todo aquello pasa
y pasa
y lleva el verbo del recorrido en sus arterias
y la gente rueda,
camina,
va en bicicleta
y vuelven a volverse locos todos,
y se gritan y escupen a la cara
y se dicen los poemas más bellos sin mirarse a los ojos
y, como no, también se amamantan de cuentos de Cortázar,
pagan psiquiatras
y los doctores miran sus relojes
con puntualidad y les dicen ¡ohhhh, no se preocupe,
tendremos que dejarlo para la sesión siguiente!
¡Nos vemos!
Pues nos vemos entonces cuando quiera usted tomarse un café, señor, pienso,
Y yo me pregunto
donde están todos esos locos
que merecen la pena conocerse
y te miran a los ojos y sonríen siempre
con una mirada
en que parece posarse la luna para romperse
como un huevo
a punto de echarse en un caldo.
Parece que uno encuentra en ellos la sonrisa
de la niñez. Riéte siempre en la cuna.
Defendieron su locura, creo,
boli a boli,
cerveza a cerveza,
risa a risa,
jazmín a jazmín
como los que tocaron antes de dormirse
antes de sentirse un fuego, un alma
y otra sonrisa.
Se escondieron como yo,
como los pequeños genios demolidos
de segunda fila,
aquellos que levantan y esculpen
las sonrisas todavía en aquellas personas
que no llevan el desierto ni el sonido de la masa.
Al menos, me digo, hay una de las dos partes
Que recuerda aquel trágico momento
En el que él, el hijo de la casera, debió de pasar un miedo,
pero recordó esa tristeza en mis ojos.

miércoles, 1 de julio de 2009

Los Peter Pan que no quedan


Machácate, pártete la espalda:
sueña, vive y muere sobre un colchón
que conozcas o ni siquiera hallas imaginado.
Pero no pierdas el norte,
sé quién eres y quien solías ser.
Deja de lado a los amigos que no sean tus amigos.
Apuesta por las mujeres que crean en ti,
y no porque crean en ti
sino porque en sus ojos está la sinceridad
de la fidelidad.
"Tú puedes leer: no te voy a dejar abandonado en este banco".
He aprendido pocas cosas en esta vida
pero una de ellas es que tras soñar
y luego volver a la puta realidad,
hay personas,
botellas vacías,
camisas rotas, sangre, lágrimas, vidas destrozadas, almas que se refugian en otros continentes o en su propia casa a tres palmos de la felicidad.
Pero, sobre todo, hay personas.
Uno merece estar sólo buenamente cuando lo necesita,
pero si pierde a las personas que quiere,
le quieren,
apuestan por él como una casa de apuestas
y le son fieles o le creen
solamente le queda a uno
una lata de cerveza, si es que bebe,
unas manos y sobre ellas, si es que uno sabe describir su forma,
un alma rota en forma de sonrisa pervertida.

Groucho Marx.

Café en el turco de Saint-Josse


Todo el mundo escribe
sobre la muerte.
Y todos ellos están más vivos que nunca.
Una vez conocí a un chico soñador:
se le veía en sus ojos la sonrisa de Peter Pan desangelado.
Las ganas por ayudar a los demás
y no solamente en el dilatado sentido de la palabra.

Ese chico desapareció con las cenizas del tiempo.
Se olvidó de recoger su cadáver en la funeraria
cuando los demás iban cayendo uno a uno
en el entierro de cada generación.
Fue pausado el sueño e incluso le dijo a su novia
con los ojos abiertos que quería ser escritor
o poeta
o contar simplemente algo a los demás
y comerse las piedras
y el maldito mundo de almidón
y llorar a los editores si hubiese echo falta
para que publicasen sus relatos.

Y ese chico de ojos tristes, de mirada aguda,
iba al baño, le decían, a mirarse al espejo
e intentar ver generaciones de jóvenes tras él
empuñando un codo,
sin molestarse,
cada uno diciendo lo suyo
pero con un buen bloc de notas relleno
de cosas que pareciesen inteligentes.
Cosas que nadie había pensado antes
o tenido el temor de decirlas.
Veía la cara de un soñador imberbe
cayendo en la propia cuenta de un idealista.
Pero idealista cabreado con el mundo.

Se dijo que ahora mismo, en ese instante,
caminaría y las hojas se convertirían en pétalos de azucenas,
en ramas a punto de cebar y quebrar una conciencia,
que todo cambiaría de una puta vez. Se las pagarían todas juntas
porque ya nadie, o si no pocos, acudirían a los entierros
con las lágrimas en un pañuelo:
Ahora, tendrán motivos para llorar frente al mismo espejo
en el que él solía pasar su dedo índice.
Sí, sería una buena y provechosa casa-museo
de un ángel sin alas. Las tiraría al cubo en cualquier caso
o en cualquier pelea de madrugada.

Y ahora los soñadores están subidos en las cornisas,
sentados en el capó de los coches,
apurando su bebida, sus sueños,
acudiendo cada tarde a los cursos de formación subvencionados
por el Estado o por su empresa,
mientras a nadie le importa el nido
que dejan las palabras del papel:
la escritura está muerta,
su escritura está muerta,
sus labios están muertos,
sus manos todavía dan pinceladas de un lejano destello
pero también están más muertas que nunca,
y mira por la ventana el chaval de la pequeña perilla
desde un pequeño estudio,
ya bastante lejos de las azucenas, de las rocas, de los colchones donde antes había una compañía
y ahora ve bultos, sacos, estanterías llenas de cosas
sin llenar nada importante por todos lados,
esperando que el hijo de la vecina
literalmente salga de la ventana, escale cada tarde por el tejado,
y esperando caer también el sol
a que se precipite como un suicida teja a teja por el patio interior.

Ahora todo eso pasa en tiempo real y no hay nada de soñador en la cuartilla de un papel,
donde el chiquillo con aspiraciones de joven,
ya no está tumbado sobre la cama,
pasando su brazo por el cuello de una desconocida.
De pie, y dejando su boli, se mira al espejo.
Ese chico solía ser yo.

lunes, 22 de junio de 2009

Hombre que mira


Hay ciudades que melancólicamente se apagan a tiros:
Tienen el revolver sobre la mesilla de noche.
No hay manos ni dedos que aprieten el gatillo
Pero siempre hay uno que lo hace.
Ciudades que se resuelven levantándose cada mañana
Con sus peluquerías, barberías, carteros y gentes
Arriba y abajo hablando durante el día
Lo que no escuchaba sus confidentes la noche anterior.
Beben, se sientan en bancos, dejando pasar la vida,
Acuden religiosamente a sus ‘trabajos’, ya me entiendes,
Aunque los tengan y sean de un porvenir sano.
Me abandono a estas ideas,
O quizá no sé si calificarlas de pensamientos
No meramente interesantes,
Pero me asaltan como a Joseph Roth en la carrera de los seis días de Berlín en las gradas
Un día de verano
De un tal mes perdido en el calendario.
Observo todo esto, creyendo que en la senda de unos
Ojos que se perdieron en las aceras del desconcierto
Quizá todavía existan palabras para describir un mundo loco,
Un mundo corregible, todo sea dicho:
Porque si después de Birkenau, Bergen-Belsen o Dachau hubo palabras,
Y no de cera,
Y si hubo más seprumes que dijeron algo más
Y pusieron su cuerda de piano sobre los renglones torcidos de la locura,
Las pequeñas ciudades y aquellas que tampoco lo son,
También tienen derecho a existir.
Y esa es la grandeza, pienso, (mientras apago el cigarrillo sobre
Las losas del balcón), de esta vida, que hoy no puedo comprender
Y todo sigue su curso. Su inexorable curso.
Sin que el reloj dude o tiemble al compás de un mano que lo sostiene.
Ahí lo tienes.

miércoles, 17 de junio de 2009

Aquellos chiquillos (II)


Puerta con puerta desaparece la inocencia
y viene la tragedia.
Los niños con pies de cartón
miran a su alrededor y ven cubos de basura,
botellas vacías,
señoras que salen de sus trabajos a media jornada
con la redecilla todavía en el pelo.
Entienden qué pasa, pero no lo entienden.
Cristales de lunas de coche reventadas a puñetazos
o a pedradas, tejas caída del cobertizo del cielo,
grandes estrellas rociadas de un amarillento polvo
y achocolatadas como en una tableta a punto de ser devorada.

Los hombres de pecera caminan hacia algún lugar buscando su niñez, creyendo que la perdieron.
Ahora visten de cuadros,
con pantalones beige y su maravillosa línea-en-medio.
Son seres superiores. Somos seres superiores.
Viven y, vaya, chico, algún día tu también vivirás,
en cajas enlatadas de estaño y con una bella mujer
que aparece por la ventana
cortando las legumbres y diciendo hola cariño
con un guiño de ojos.
Adoran a ídolos de cristal.
La vida esta rota,
su vida está rota,
nuestra vida está rota,
mi vida está abriéndose paso
entre la llamada de las rocas agrietadas gritando
en medio de un bosque talado.

Pero son niños y siguen teniendo miedo,
el miedo al uso
a irse con un extraño y que les pueda quitar los órganos,
a que algún otro chico mayor se coma su bocadillo
o le parta la boca y expulsen un par de dientes.

Siguen teniendo miedo y el corazón lleno de sombras
donde antes, en unas ocasiones, albergaron la vida
de las correas rotas, de risas fallidas, pero risas, de tabernas,
de putas que les decían que tenían un bonito culo no por su billetera,
y tienen los ojos cerrados como el llanto de la noche
cuando la luna se ha retirado a descerrajarse la sesera,
por si un día, al volver a crecer el latido de la noche,
se lleva sus sueños una constelación de dagas,
esperando matar al dichoso ogro que se llevo
su juventud y su sonrisa.
Si es que existe.