martes, 15 de septiembre de 2009

Aquella canción en la taberna San José que me contaste


De los días, y digo días, en que alguna vez pagamos con poemas a la camarera del bar de San José por un par de copas donde aquellos obreros se bebían la comida y se comían los botellines. Tú ya me entiendes hijo mío...

Una mujer me dijo en una ocasión
"mi novio te romperá los huesos"
-"¡No, señorita, que son de leche
y no vuelven a crecer!", le contesté
Ándate con ojo, perversa, monina,
y mira detrás de tu espalda,
allí donde pusiste el orgullo
como el sombrero de paja
para irte a hacer hípica
a la finca de papá,
sin la Mona Chita, tu madre,
perdón, amén.

Tensar


Tiempo.
Mirar al infinito
es el caballo de la ausencia.
La pregunta engreída
riéndose en el patibulario.
La mañana levantada pronta, cordial, sincera,
indeleble sobre una piel de pomelo
abierta en canal que no deja de murmurar
sobre una jodida guerra.

Ayer mi propia batalla
fue levantarme sobre el pleno sudor
y notarme separado de los brazos
abrazando una tortura enajenada,
el cabello de una mujer vieja,
como los viejos soles
que se niegan a aceptar su grito estentóreo
sobre los pasillos de la fantasía arrinconada.

Ayer, sobre el folio, cada día,
donde una mujer que no es mujer
viene a recordarme que sus cabellos
están sobre la cuartilla,
que la verdad,
la propia verdad en que cree uno,
hace dividirse al hombre en su dialéctica:
¿qué soy? ¿qué permanece en mi?
¿quién hace caer los cuerpos sobre las tierras
de los fusilados?
¿por qué estos cuerpos
que viajan como baladas mientras mueren
y mueren y dejan el calor de la sorpresa
como un fotograma?

La mujer acaba de dejar
su vestido invisible
y

cae cae cae

lentamente

de la silla.

Pensamiento


A veces paseo
por esta ciudad andamiada
y torturadora
de la noche,
ya cuando parece que todos
se han ido
a alumbrar sus hogares
con su dicha,
y creo que no tengo otra meta
que darme la muerte.

Pensar que es mejor que caiga
una maceta sobre mi vientre
y pensar también
que al menos es verdad
que en esta ciudad
las cornisas de las que caen
tienen vida.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Aquello


Una más,
otra noche más
en que te nombro
y escribo tu voz
con minúscula.

Me estorbo,
aprendiendo de la claridad lunar
en una noche despejada
que sabe a ausencias y truenos
mendigos y futuro
bajo el toque de queda.

Una vez más,
oídme
todos aquellos
en que, tras un ruego,
huelga decir, perdón, luego,
habitáis las camas con las formas declinadas,
los cuchillos con la sangre de sus enemigos
y las tronas de una vida
que se esgrime
y solloza a latigazos.

Una vez más
la voz es una
y el grito múltiple,
arrinconando a todos los muebles
de la casa en que me hallo,
dejando ver las luces
tras las puertas de madera,
huyendo del despiste
y de las miradas atronadoras,
calentando las manos
que han de nacer
en tu vientre,
en tus senos,
en tu mirada,
en tus caderas de luna.

Una vez más
te llamo para que vengas
a recordarme como me llamo,
cuáles son mis apellidos
de aquel libro adulto
que se desprende cada hoja
de mi pasado
en un barrio chico,
porteño,
donde las generaciones
que han de venir
chocan violentamente
contra un fuego
que habría de encender
cada noche
hasta quitarme tus recuerdos
bajo un beso ácido,
perifrásico,
delatado,
tremendamente fonético.

Una vez más
te escribo
para que venzas mi cansancio,
el tuyo,
o tal vez nada,
pero una vez más
te escribo,
para que me cortes la mano,
para que te marches lejos
de un cuerpo calcáreo,
moribundo,
arrestado,
encajado en una piel de huesos,
y a la vez te quedes conmigo.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Residiendo en la reserva


A veces empieza uno escribiendo sin ganas. Otras pueden consumirte los propios demonios y aflojar la paciencia hasta volver a tensar una falsa cuerda. Por lo que no es menos evidente que se termine poniendo las comas y los puntos incorrectos. También sobre falsas íes. Es curioso, pero con el paso de los años te recuerdo más por cómo te vas, que por cómo solías venir. Nadie hubiera adivinado nunca que eras una mujer de no haber sido porque tras tu suspiro redondo y tus labios uniendo sus imposibles parecía cambiarse una geisha tras un biombo sorprendida. Como si la hubiera cogido desnuda en el momento de abrir la puerta y pasar a su salón. Y tengo grabadas tus facciones planetesimales que se diluyen en una imagen lejana. Pero, por encima de todo, tu movimiento de caderas al irte.

Puedo admirar e incluso intentar trazar tu sonrisa con la mano en el espejo, tu sonrisa en una felicidad que casi parecía perversa pero humilde. Es decir, sonriéndome, aunque de eso ha pasado ya mucho tiempo. Pero lo que de verdad me golpea en las sienes unos días sí y otros no es verte alejarte unos metros enfundados en kilómetros, abrir la puerta de tu coche y cómo flexionabas las rodillas para encajarte en la caja de la muerte bañada de color azul que te habría de llevar lejos.

Por eso tengo ese pensamiento juvenil. “Aquel poema de la infancia. Aquellas chiquilladas que deberían de quemarlas”, diría otro firmante. Aún me dura, caídos ya unos meses sobre el calendario. Y creo que por algún motivo lo tendré grabado mucho tiempo. Una franja intemporal de la que ya no es posible hablar con el minutero en la mano. Hay que dictar sentencia así, con el hombro por hacha, con los ojos como grandes zanjas en una Gran Guerra, con los fusiles cubiertos de barro. No es posible, no, hablar de las cosas materiales en un mundo que me ofreciste de siluetas. Otros recuerdos solaparán tus recuerdos.

Y, con todo, dejar el bolígrafo es fácil, al menos relativamente. Alejar el papel, no tanto. Pero no poder decir tu nombre por un pudor crecido en el talonario de un joven casi mamando nuevamente su niñez es algo que me atormenta, mientras me duermo, tal vez en un sueño creado por alguna máquina del futuro, en tu boca en medio de una gran carcajada.

Nada es nada


Echa a rodar y pregúntale:
¿Sabes cómo se escribe tu oscuridad?
-con cientos y cientos de preguntas
Que andan respondiendo a ciegas
“cuál es mi puerta de salida. Cuál”

miércoles, 2 de septiembre de 2009

La mujer que ha de venir


Aquel libro que empecé
escribiendo unos versos
en las copas sedientas de labios azules
Son hoy letras, pergaminos
de una indiferencia disgregada
y hecha añicos
en una ciudad lejana,
arrabalera
con su puerto y su mar azucarado
que construyó sus caderas
sobre los vientres migrantes,
vencidos con un estoque de plomo
por arrojar nuevos mundos
a los ojos
de niños pobres.

Aquella ciudad y aquel libro
que crecía en un palmeral de letrinas,
que dejé olvidado en un café de la Plaza de Bilbao
se llama hoy:
Escritos para la mujer que ha de venir.
Con el llanto justo,
con la lágrima en el costado de las rosas,
sonriendo al deceso de las aceras,
añorada y dejando ver
los terribles corazones
que en ella depositaron
los cirujanos de los amantes
en la noche de su suicidio.

En la noche donde las almas
sueltan las correas,
expulsan sus vendas,
escalan el alto andamiaje
de una madrugada barrida de alfileres
y nos permiten ver,
a escasos centímetros del ocaso,
el fulgúreo cuerpo inviviente
color café
donde la muerte viene
a depositar su reguero de sellos malherido,
sus labios de tinta corrida
en mis labios quebrados de cataratas.