Supongamos que haya un límite para mi, que no tenga nada que decirte. O más bien que tenga el alma rota y no sepa separar los labios para mirar los tuyos.
Supongamos que un día te haces mayor y seas las mujer vieja más joven del mundo. Supongamos que yo siempre, con el tiempo, visite las mismas tabernas con la edad, cuando vaya cumpliendo décadas hasta que haya una última que me asalte como el filo de una gran navaja en un callejón y no pueda decirte hasta entonces nada por una gran cobardía.
Supongamos que un día vuelvo a ser el de siempre y tú me aceptas una copa. Hablamos de cientos de cosas, ninguna de ellas que a simple vista para los demás merezca la pena pero con ello podemos brindar y enterrar los funerales de dos corazones solitarios. Supongamos que somos así que volvemos a ser jóvenes y a caminar por un empedrado de calles por las que solíamos hacerlo tras escucharnos y olvidarnos.
Supongamos que un día vuelvo a ablandarme, que puedo escoger otra vez mi derrota y mis ritos. Supón que vuelvo a tenderme en el suelo y te pido que te vengas a ver el mar sin haber separado los labios, que vuelvo a hacer sonar una guitarra que nunca supe tocar. Y supón que volvemos a escuchar música salida de los bares en pleno Madrid cuando el fondo de los barrios y de los portales recobran su tristeza, la policía vuelve a cargar sobre nosotros cuando yo me derrumbaba con el alma rota y tu solamente me mirabas con unos ojos llorosos como grandes láminas de hierro donde ya no vuelve a crecer el odio. Y se cae tu rostro sobre hojas secas, la gente se da una oportunidad, tu saltas creyendo que estas en un rascacielos y lo único que me dices otra vez es dame tu mano.
Tengo la impresión de estar subido en un grandísimo tiovivo, con sus caballos y miles de luces en el techo girando lentamente arriba y abajo, viendo las sonrisas de la gente pasar y enlazar sus manos para después, tras una gran carcajada, soltarlas y enseñar sus dientes de marfil. Para mi, la vida es un idilio póstumo. Siempre pienso que llego tarde a los sitios, tarde a las citas, tarde, tarde, tarde...A todo. Aunque allí esté, puntual, clavado como un árbol seco y quejumbroso peleando a la contra. De momento, es una gran noche y todo vuelve a su curso. Es la ilusión y la verdad de los buenos bebedores. No sé cuánto tiempo durará este efecto desvaído en el que no tengo que atajar ningún problema, salvo beber un buen trago. Tú debes de estar ya acostada. Yo todavía creo que me quedaré un rato aquí diciendo mis propias verdades. Tú podrás luego escucharlas a través de estas letras si quieres. Ya sabes, los borrachos y los niños nunca mienten. Me siento como los segundos atrapados en el cuerpo de un hombre sediento. Pero sólo son eso: palabras. Luego nunca nada es como acostumbramos a imaginarnos. Tú me entiendes.
Cicatrices, miedo solapado, armado de dolor, ballestas, agujeros negros que todo lo tragan y lo escupen. Alto, desgarbado: pequeño, solitario, abandonado a la suerte.
Huidizo. Nudo corredizo. Todo bien atado. Los cabos están sueltos. Los militares andan de tabernas, los guardias hablan el idioma de las copas. Un país trasladado a otro país. Un continente explorado y nunca por explorar. Hablar de amor, escribir sobre él, escucharle, saber qué es, imaginárselo...Nunca tenerlo.
Palabras durante la noche entera. Hablar solo, con uno mismo. Escucharse. Escucharse demasiado. Oír a los demás sin tenerse en cuenta. Poner en orden tu cabeza. Órdenes, órdenes, siempre la regla para varear. ¿De dónde salen las palabras que no conoces? Son pocas, pero a uno le definen muy bien. Cogidas de los libros, caídas de un balcón, de una conversación,
me ataron,
salen de mi puta boca loca enfermiza y ya nunca vuelvo a ser el mismo
Yo solía caminar sin miedos. Pero hay algo que socaba mis ojos.
Los cierro y es como si viera a través de ellos. Cuando los abro no soy más que un animal En su forma primitiva dando voces y lanzando dentellas secas al aire. Soy la virtud de la soledad sin virtud. Por mí solía correr un hormigueo de vida a grandes golpes. Grandes mazazos también me recordaban a pálpitos la vida ajena. Pero ahora todo lo que me rodea ha cobrado la forma De un mundo que a mí me parece no haberse detenido Ni reparé a observarlo nunca antes. Y no reconozco los gestos de las personas al saludarse Y sin embargo sé que están siendo amables entre ellos Y asienten con sus cabezas. ¿Y qué me pasa, si por mis venas antes solía correr un goteo de luz sombreada? Hay algo que no funciona en mí. Dentro de mí, quizá. Pero no sé cómo expresarlo. En realidad, siempre fui torpe con las palabras Y algo digno de quedar aparcado para mentes más lúcidas. Pero hoy siento como propio el ingenio de un buen burlador Y he bajado al ruedo para contarte Que creo que me siento algo sólo, quizá, pero no lo digo muy en alto No quiero dejar de ver a través de estos ojos Y seguir ciego cada vez que abro los párpados.