lunes, 26 de octubre de 2009

Tierra tallada de arrugas


El hombre siempre
debe conservar un sentido trágico de la vida.
Aunque a veces
Sea producto ajeno,
Artificio,
Invención,
Cáscara;
Un pensamiento reposado
De otro,
Del más allá,
De la tierra quemada
Que brama en los bosques:
-¡por qué acabasteis con esta paradoja
Dándome mis hijos
Otra vez
Con un tiro en la nuca!

domingo, 25 de octubre de 2009

Él


Las manos, siempre
Las eternas manos abrochando
Los botones de tu abrigo,
Escogiendo cuidadosamente
El momento para suspirar
Y volver a coger fuerzas
Ante la tila hirviendo.
Tomando la risa confidente
y pronta,
Prendiendo el periódico arrugado.
La sobremesa,
Tu pequeña cuartilla,
Tu bolígrafo usado,
Tus pasos comerse otros pasos,
Las calles a punto de gritar ¡basta!
Tus grandes gafas redondas,
El París de tu infancia,
El pueblo castellano donde tu madre se crió,
La hoja caída sobre el borde del plato manchándose.
Las migajas, de qué…,
Qué pregunta,
Ahora eres “fue”,
Ya no “tú”,
Ya no serás “usted”.


jueves, 22 de octubre de 2009

Al trabajador caído


Tocó su pecho
Y le dijo:
-¡Tienes el alma mojada, muchacha!
La mujer calló
En una remota gruta de sonrojo,
Abriéndose paso a paso en su despertar
Ante el cuerpo desnudo
de su pareja,
Entornando fugazmente
sus ojos,
como el toro
que es apuntillado
al filo de su cornamenta
y deja escapar su cansado bufido
en su último ruego
y en su último ruedo
frente a la puerta del albero.

-Cuida de mi hijo, le dijo,
Poniendo su mano ruda
Sobre el vientre caliente.
-¡Parece una hoja seca caída,
Una hoguera en tus labios,
Y lleva el eco del futuro,
El porvenir de un hogar
Todavía en la forja.

-Volveré esta noche
A pisar nuestra cama
Y te arroparé
Como hacen los pueblos del camino
Con los viajeros
Al subir la empinada cuesta.

(La muchacha callaba
Y en su vientre coleaba
Un rumor de ventanas
Y puertas abiertas
Dejando salir el frío
A través de los barrotes
Y un cante que se ahogaba)

-En la madrugada,
Cuando me has de ver venir
Y no venga,
Estaré cerca de ti ya
Para acostar a nuestra semilla
Y veré tu inocencia y tu libertad
Correr sobre el minutero
Y saltar de la cama de la madrugada.

-Déjame que te cuente lo que será:
Un chiquillo correrá sobre los vasos vacíos
De la encimera,
Las tazas ardientes de café
En la cocina
Buscarán más bocas que besen con unos labios
Sinceros, abiertos, locos e imprevisibles.

-Te dejo un legado que todavía
No he empezado a delatarte
Cuando aún faltan unas horas
Por volver a unir mi pecho y el tuyo.
Te apoyaré en la cama
Como se recuestan los animales
Curiosos en el regazo de sus mayores,
Sepultaré un amor céntimo a céntimo,
En segundos,
Por si algún no regreso.

Aquel hijo años más tarde
Vio en el alto espejo de casa sucio
Y malherido
El ritmo de una canción
que encadenaba el aire
sobre compases negros,
notas monocordes
que hablaban
de unos pasos que extraviaron
sus palabras y su olvido.

No volvieron a verse
Pero el recuerdo aún flota,

Lejano,

Hallado,

Visible,

Certeramente cierto.


miércoles, 21 de octubre de 2009

A gotas


Aquí todo es viejo,
todo es luz,
todo es hambre de calle.
El trigo no llega,
no respira,
no vuelve a querer salir
de una tierra empolvada
como un folio,
como la soledad de un papel
frente al abismo
que refleja un rostro
que no es más
que un renglón torcido.
Buenas noches, padre.

martes, 20 de octubre de 2009

Cuentas pendientes II


Hoy hemos vuelto a hablar. Hace tiempo que no lo hacíamos. Es un buen hombre, pero entre nosotros hay una barrera simple que no sé delimitar con palabras. Mi padre es un tipo noble y bonachón. Desde que tengo ciertos recuerdos ya no meramente vagos, concibo su tripa salir por el pantalón apretado con un cinturón de cuero que parecía estallar. Es un hombre hecho a sí mismo: trabajador y peleón al que la vida le ha dado cien puñetazos. Siempre a la sombra de una familia, al cobijo de la nada unida en hermandad, un hermanamiento falso.

De la misma manera que tengo su recuerdo a 2.000 kilómetros siempre presente, aunque evitemos hablar, y, cuando lo hacemos, la conversación no adquiere un carácter elevado, tengo grabado en la mente los 15 años y los 17. El verano y el otoño de los 15 años en que su caso estaba sobre la mesa de la cocina del sótano: Francisco Javier López...Archivo número....A mis 15, nos desahuciaban, mi padre iba a la cárcel y yo no era capaz de asumir nuevas responsabilidades. Estaba bloqueado.

Mi hermana tenía cinco años y, aunque la vida traía problemas como el carro del heno del Bosco y es una comparación fácil, a juzgar por cuando vi aquel expediente o informe y luego, tras pisar la cocina, podía ver la infancia de mi padre en sus ojos. Era un película con subtítulos. Y en braille. Aquí siempre me acuerdo de Emmet Ray, el tipo que se iba a descargar su pistola a las vías del tren, un personaje cinematográfico, crudo y tremendamente real parido por Woody Allen.

Él era el perfecto cabeza de turco pero supo salir adelante. Le tomaron el pelo, hincó la rodilla y se levantó. Nunca nos hemos dicho demasiado. Siempre lo hicimos más con lo que no hicimos y lo que vimos cada uno en nuestros gestos y caminar. Sigo creyendo que es un totem por la forma en que evitó la cárcel y luchó por su familia.
El hombre alguna vez debería de intentar escrbir una pequeña lista con los valores irrenunciables y ponerlos un precio como hacemos con tantas cosas materiales que usamos y tiramos en la cultura del take away.

Nunca, jamás, me puso una mano encima, y estoy en deuda con el carácter demoniaco que me ha inoculado. A mis 17 lloró como seguramente lo había hecho en la soledad de una noche que se comía sus sueños en el pasado, en la oscuridad de unos hechos que era cruelmente presente y se perdían en la ceguera o en el insomnio. Pero todo estaba más vivo que nunca y no hizo falta mucho para darme cuenta de que aquel momento era un punto de inflexión en ambos. De alguna manera, era terrible asumir su reflejo. Ver lo que había sido. Ver qué había sentido. Y lo hizo frente a mi, en una furgoneta atestada de cosas de trabajo: papeles, herramientas, guantes, notas de aviso. Aquello prefiguraba un carácter, aquello determinó mi línea. Era todo lo que uno puede buscar, un referente en el que creer más que un Dios cuando las circunstancias le hacen ser ateo. Esa noche se pararon mis sentimientos y escrbieron un cero a la izquierda.

Con el tiempo, viene a mi mente Sandra, una chica que conocí tras algunas copas en la Soleá, la Cava Baja. Ya se encuentra bien, puede dormir por las noches. Sé que se encuentra bien porque he visto que ha encontrado a alguien. Necesitaba hacerlo. La televisión ya no es su riego sanguíneo para poder conciliar el sueño. Me imagino al novio de su madre pegándola en un rincón cientos de veces, tantas como ella no me había contado pero tantas otras como cuando ella se encogía como un vientre embarazado y entornaba los ojos a la velocidad de la luz. Tal vez tenía miedo a la velocidad, o a la propia luz.

Aquella mujer tenía mucho miedo. Un miedo encerrado en el tiempo, en las cavernas. Podías ver en sus ojos una paloma que se queda sin tinta para poder escribir la última carta a quien está fuera de un penal sin pena. Nunca antes pude ver en alguien la expresión "se han secado mis ojos" con tanta crudeza. Pero creo que encontré a alguien bueno. También mi padre. Aún sigue golpeando y dejando atrás enemigos. Nadie deja que le pise, yo tampoco. Eso intento con los años. Se lo debo, al menos.

Cuentas pendientes


El jefe (los jefes) siempre necesita
Un clon para el sonido ambiente,
Una risa expansiva,
abstracta, cóncava, obstinada,
Donde alojar los casquillos de su munición.
El cuarto, el sótano de atrás,
Es donde las personas como yo,
(y no hablo por otras personas),
Con nombres inservibles,
Y hablo bien advirtiendo también
La utilidad de un ser que se nombra
Como una epopeya,
Como la historia contada frente a una hoguera
De risas en cenizas,
Como un buen maridaje que sólo se balbucea
Y no se pronuncia,
Buscan su sitio.

Es ahí, donde el sendero se abre
O parece descubrir algo diferente
A lo antes percatado.
Para mí,
en mí.

Son en las miserias de los hombres silenciosos,
En los bajos fondos de la condición humana,
En sus lastres acordonados,
En la anorexia,
En el suicidio de una mente hemipléjica,
En la mano silente de los pobres,
En los barriles y cubas vacías de locura,
En las hileras del cielo,
-Más allá del cielo-
Donde suben a tocar la parra
Unos dedos hambrientos y locos con la punta
Y en las barberías que diariamente veo
Que se afeita la sangre a láminas…
En todo eso,
Y en algo más que mi sinrazón
No apura
Es donde me siento conforme con lo que soy,
Para lo que soy.

Y en donde habita la pequeña esencia de un hombre-átomo,
Que orilla su carrera y mira de lado,
Que rebusca en la basura de sus cavidades,
En el altillo de sus pesadillas
Y lanza golpes al vacío aplacado,
Mientras coge lentamente un aire
Que le vuelve a poner sobre un combate
que perdura mansa y eternamente.

Ya, ya es hora, de darte el último directo
Y vencerte sucio fantasma,
Y que caigas a una lona inmunda
Porque tú,
Al que no puedo nombrar como noble adversario,
No vas a poder liquidar mi tristeza:
Te falta algo más,
Un escalón que no vas a subir
Con un talonario escrito en la piel,
Para hacer brotar algo que caiga
De este cuerpo indeleble
Que no va a borrar su huella,
Como el barrio nunca borró la mía
Ni su cicatriz.

Olvidas algo importante,
Y es la historia
De un pueblo común
Escrita sobre historias comunes,
Impresionada con un sello al rojo vivo
En los ojos, en la mirada atravesada,
De la histeria
Como un rugoso billete usado
De hace cien años
Que se resiste a desaparecer.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Maravilloso


En la foto que tengo en la cabeza se ve a un niño contando alfileres o eso me parece. Ves (puedes apreciar sus movimientos) como sus pequeñas manos se encogen y van clavando uno a uno sobre estacas de maderas. Uno piensa que es imposible y que se le doblarán al entrar en contacto con la dura superficie. Pero el sigue con su trabajo concienzudo de alquimista moderno en este día ciego de luz solar tallando las venas del árbol sobre aquel estanque de gente arremolinada a su alrededor.

No mira a otro lado. No. Sientes como él puede saber que estás ahí, observándole, pasando tu mirada por sus harapos y bolsillos remendados, viendo como se mueve su diminuta bandolera al compás de sus brazos y golpea sobre su cadera de hombre diminuto. Ese mismo compás, música, instrumentos y sentimientos de los que hablas son los que para ti son imperceptibles en el momento en que te hallas parado y dices : "espera un momento, hay algo que se me escapa". Es curioso pero a veces hablamos sobre cosas que no atienden ni a una realidad directa ni cercana pero tienen un nombre y manejan un referente universal que, sin embargo, no sabemos describir o vestir de corporeidad.

Pero estoy en la acera viendo al chaval ceniciento del siglo XXI, el mismo hombrecillo de las grutas de hace milenios y no tanto años, pero sobre otra ciudad y sobre otra centuria. Y estáis cada uno en otro mundo, en otra galaxia alejadas por unos pasos. Y todo porque aquel niño injusto quiere. Porque sabe de tu presencia sin alzar la cabeza y conoce su ausencia hurtada. Porque sabe que la gente a veces deja caer sus moneda al aire y sobre sus rodillas y no sabes si cuando se levante, las recogerá. Si las querrá, si simplemente atenderá al tintineo del cobre como el pastor de provincias ve la caída purpúrea del día sobre la hierba mojada entre olivares.

Tiendes a imaginarte al pequeño cuerpo todavía en formación, gestando un desarrollo de tristeza tal vez que irán poniendo piedra sobre piedra a unos miembros que dejarán de ser mendrugos de pan mohosos y rumiados.

Sacas el cigarro, cliqueas tu encendedor, te echas para atrás tu chaqueta y metes la mano en el bolsillo para esperar algo. Das una larga calad y dejas que el humo te invada la cara, que los segadores de turbante blanco vengan a anestesiarte con una bajada de tensión. Y piensas, sí, "esto es lo que necesitaba, un buen cigarrillo a mediodía en plena calle". Entre las estatuas de cera que cobran vida.

En esos momentos la vida parece maravillosa, un pequeño legajo de azulejos encriptados antes que se abren ahora. Ves el peso de los cuerpos de las personas y, digo bien, ves. Su balanceo, sus absurdas carteras y risas pagadas con un billete de 20 sin cambio en el quiosco. Y también el propio tonelaje de esos mismos cuerpos repartiendo su música en las baldosas al ritmo de una orquesta muda que oyes pero no la reconoces. Una perfecta sinfonía que pone la directa y fija la hoja de ruta mientras vuela el humo de mi cigarrillo entre los portales de la muerte.

Es una maravillosa suerte ésta de muerte, una grandiosa meretriz, creo, con los pintados del polvo de la purpurina. La reconozco porque a veces me da por imaginarme que es como nuestro padrino de labios carnosos pintados, que te da dos besos y te coge con sus pulgares tus mejillas. Pero no te hace daño, te avisa con su mirada, te besa y te ofrece su mejor sonrisa para que tu pienses que cuida de ti. Por algún motivo, no sabes aguantar su envite con los ojos.

Te vas y vas viendo que en realidad no importa la calle, ni el momento en sí, ni la hora del día en particular, sino que tras una pausa meditada se recobra el sentido. Quizá el sentido en las trincheras de las que hablaba Saint-Exupéry, ¿recuerdas?
Era algo así en cada frente como:

-Tomás, ¿estás ahí?

-Sí, ¿qué quieres?

-Hace una noche preciosa ¿eh?

-Sí, pero duérmete anda, que si nos ve hablando tu sargento y el mío, van a pensar que confraternizamos con el enemigo..

-Buenas noches.

-Buenas noches.

Por supuesto, es una reproducción parafraseada pero ésta era su esencia.

Dentro de unos días todo ello, incluido el chavalillo, será un vago recuerdo que dejará paso a otros que llegarán y éstos otros saciarán su vuelta al presente de invenciones e imaginaciones nuestras. De artificios mal logrados, vaya, que tenderemos a elaborar una y otra vez con el paso de los años, como un discurso que se nutre a sí mismo.

En cualquier caso, estoy sobre esta vía y sobre el punteado escritorio con el papel y el bolígrafo y pensé que debía de contártelo. Aquel niño ha levantado la vista en mi mente para dejarme ver sus ojos blancos de Atila entre el humo del tabaco quemado. Estoy en la acera pero en cualquier cárcel horrenda, saboreando la comida de ayer. Hoy es también uno de esos días en que puedo escribir que vi un pequeño 'corto' de la catástrofe de una sociedad que no admite el perdón a veces y sentí un pánico atroz por no poder aguantar su mirada. Tal vez era la mirada de aquel chiquillo solamente. Tal vez.

Y me pregunto llanamente de qué cojones va todo esto. Cuál es el sentido que debo de buscar en el cajón abierto. Cuál es el que mejor se amolda a los pasos que voy a dar, errantes o no, en esta ciudad enorme en su apariencia grandilocuente y porqué. Pero tal vez sea todo esto más sencillo, pienso, mientras camino bajo la barbilla de las farolas que parecen un ejército de cerillas pasando revista. Lo cierto es que me parece algo magnífico la contradicción. Ya sabes aquello de que el neurótico es aquel que no sabe afirmarse en las dos realidades de la ambigüedad. O reconocerlas.

Me meto en el metro creyendo que esta ciudad es una balsa de aceite para cuando uno quiere. Pero, otras, también es una mujer violada entre cuatro chavales quinceañeros a los que se les fue la mano una noche con la bebida y la cocaína y pusieron sus piernas sobre el capó de un coche de segunda mano abandonado mientras veían su boca abierta sin grito y reían sordamente al acorde de la música.