
viernes, 16 de enero de 2009
Tu nación

Con los bolsillos de arena
lunes, 12 de enero de 2009
Camino a casa

Saco el boli con el que te escribo y te llegarán estas palabras. En el tren pasan cosas curiosas. No sé si calificarlas de raras, pero sí, al menos, de extravagantes. Situaciones que son un micromundo encerrado en otro más grande que, al tiempo, es imperceptible y duradero, especialmente cuando uno vive en una gran ciudad. Uno es tan anónimo como el membrete de una carta a un tal alguien. Pero pasan cosas curiosas para una persona y para otras no. Y, entonces, con el tiempo, también lo serán para éstas. No sé si llegas a comprenderme pero es algo que debía de contarte...Tal vez de una manera algo caótica. Al menos esa es mi impresión.
Hoy, con un cielo rugoso, malvado, y aclarado casi como con acuarelas, la gente se agolpaba al toque de sirena por volver a casa. Derrotados, sin ganas de más, ni de comer, ni tan siquiera de leer un periódico de esos gratuitos que se acinan debajo de los asientos, las personas corrían a coger su sitio y mirar al horizontes dispuestos para no decir nada. Ni en su justa ni en su leve medida. Llegar a casa, echar un trago, poner la tele, tal vez un tiro de coca, tal vez un axiolítico, una pastillita para dormir...Y mañana...Otra vez a girar la rueda...El conductor habitual, la pareja habitual, los compañeros de siempre, el trabajo de todos los días, la comida rumiante e insabora...La vida es bella, cada mañana, diferente, dicen algunos, proporcionan nuevas alegrías. Quizás reconozcas a los que pronuncian estas palabras al final de cada vagón con la mano en la mejilla, apoyada, sin ganas de dar conversación caída ya la tarde. Tan solo una buena taza de café. Tan solo eso...
El caso es que hay personas tremendamente observadoras o cotillas en esta pequeña noria de escarcha: se derriten, a veces, sin tener que posar la mirada mucho sobre ellos, que examinan contemplativamente al vecino de asiento. Otras, sostienen sus ojos perdonando la vida. Soga al cuello: quedas liberado...¡Pobres diablos de cartón!
Otros, ya te digo, con aquiescencia, callan, musitan, se miran las uñas, miran su móvil, apañan un remiendo de su ropa...En fin, es bueno observar a éste y aquél...Quizá veas tantas semejanzas como rasgo que te diferencien diametralmente a ellos. Vete si quieres pero escucha esto por última vez...
Me llamaba la atención una chica de mediana edad. Habría cumplido y superado con creces (al menos, por unos 10 o 15 años) su primer cuarto de vida. Cabizbaja, ojos profundos, grandes, libres, atados a su vez a algo que...No supe apreciar...Tal vez, el trabajo, tal vez un cigarrillo, tal vez un pensamiento. Tenía un bonito pelo de peluquería: raíz absolutamente negra y unas mechas amarillas que simulaban muy bien un cabello natural....
Titubeaba, casi balbuceaba...Enfrente tenía a su hija, la hacía carantoñas; de vez en cuando me miraba casi con una mirada de complicidad como si me tendiera un puente para que pasase. Al principio no lo entendía bien; luego, tampoco. Se apoyaba sobre el hombre. Recostaba su cabeza. Debía de ser su novio o tal vez su marido: ella llevaba una finísima sortija de oro blanco, cruzada, que solía tocarse continuamente con el dedo anular. Una y otra vez el ritual era el mismo. Me puso algo nervioso...Miraba con curiosidad por saber que se escondía detrás de esas cuencas ondas, ambiguas, si cabe. Este hombre que tenía a su lado no parecía darse cuenta de nada. Era un tipo alto, fuerte, calvo como un bola de billar. Hasta le brillaba la frondosa calva redonda.
Su hija, pequeña, breve, intensa, también rubia, parecía no estarse quieta pero no dio ningún tipo de problemas durante el trayecto...Una, dos, tres...Hasta cuatro estaciones hasta que se levantó y si quiera lanzó una mirada peregrina. No entiendo porqué lo había estado haciendo durante todo el viaje y ahora no. El calvo seguía a lo suyo. Su novio o su marido parecía no inmutarse ante la proximidad de la parada. Allí quieto, casi le faltó salir corriendo para bajar ante el silbato del tren del cierre de puertas. Puse la radio.
Una aventura más no consumada...."FFFFFF.FFFFFFF.FFFFF" Las gruesas paredes no dejaban captar las ondas hertzianas. Imposible. El tren comenzó a ponerse en marcha. Aquella enigmática mujer pareció buscar con su mirada el vagón en el que yo estaba mientras caminaba. No encontró indicio alguno de en el que iba. Todos eran iguales. Pero eso es mi parecer. Te doy mi versión, es lo que creí que pasó. Vamos, que pasó. Las 18:29, ocho grados fuera. Frío cortante que cala los huesos...Se levanta otra chica, me mira, se sitúa junto a la puerta...Sonríe...Es algo raro...Se ve la estación de lejos...Mi parada...18:30...Tal vez fuese su marido después de todo...¿No? Me bajo, es la mía. Por cierto, esta última chica era realmente bella.
Me gusta el Sur, soy un tipo sin Norte...

Soy un tipo peligroso...Quizás deberías acercarte y no soltar...Nunca más mi mano. Todo el peligro que infiero a los demás es mi miedo sostenido. Miedo que me doy a mi mismo. Todo el peligro que rezumo es un dolor de ojos sin cuencas. Miradas vacías sin nombre ni dueño. Sin iris. Todo el peligro que creen que les abordaría a las personas si se ponen en mi camino, no es más que porque soy como un pequeño chaval inocente que todavía busca encontrar su sitio...¿Tú ya tienes el tuyo? Ayúdame..
Y uno se sienta en un baúl, sobre un trozo de neumático, contando perdedores, sin tan siquiera poder anotar en un papel unos pensamientos que le vienen atropelladamente. Camino de casa, mochila al hombro...Una parada, después otra y otra más. Cabezas perdidas, hombros sin dueño, cristales de los trenes que parecen retener las soledades y agruparlas y volver a reflejarlas una y mil veces...
Uno no siente compasión cuando va solo consigo, siente algo inexplicable, complicado de nominar...Peleando a la contra...A sabiendas de que él es el único púgil por retirar todavía. Puños gastados, pómulos sonrosados y marcados, huesos casi membranosos. Touch! Este golpe no te retirará pero te dejará seco un tiempo...
Barriadas, comidas a media luz y por un manto blanco de una nevada pronto y gélida...Trozos de metal, vías maltrechas, puentes habitados que parecen no estar habitados...Palabras que se repiten...A la contra, y a la postre ¡Diantres! Bajamos a los infiernos cuando ya no somos capaces de ser personas, cuando no nos queda más que echarnos a la cama y decir que estamos cansados. El mundo no para y nosotros, en cambio, sí.
No podemos ser un boxeador las 24 horas, pero podemos intentar no rendirnos. A solas con nuestros miedos. Si tienes que aparecer alguna vez no vuelvas a irte. Da igual que salgas de la nada porque nada soy y nada seré. Es exactamente lo mismo que surgas de nadie y que tropieces conmigo a una edad atemperada, que me pilles con cien arrugas en el cuerpo y consumido por mi mismo, pero sal de una luz y descansa a mi sombra. Asaltemos el último trozo de vida o la vida entera. Pelea junto a mi...Pelea...No quiero rendirme...Todavía...Aunque esté rodeado de mierda hasta el cuello...Soy...Seré...Y ahora ya ves! Aquí ando tecleando estas palabras...Creo que ya me he hecho viejo...
martes, 6 de enero de 2009
Pasado presente
Grandes cobardes

Todos estos son ejemplos de pura mierda amontonada. Ejemplos de lo que no quisieron ser y, sin embargo, se convirtieron. ¿Te suena la cantinela? El viejo se preparaba con los codos en la mesa y siempre te preparaba su perorata. Que si esto, que si lo otro…Y al final alguno de esos nombres campaba entre las copas de la comida. ¿Y yo para qué quería conocer esas historias? Para nada, en fin, bueno, lasa conocía, dejémoslo ahí…
El negro de la calla Alcalá estaba allí siempre. Puntual, con su habitual racimo de tristeza, con su habitual cara de negro. No pedía, pero siempre llamaba a todo el mundo “jefe”. Ahí iba Carlos, ahí iba “el jefe”. Ahí iba alguien desconocido, ahí iba “el jefe”. Tú ya me entiendes porqué te cuento toda esta mierda. El caso es que el otro día sobró comida y yo estaba preparado para mangarla y dársela. Para parecer que era un pequeño hurto pero el verdadero boss se daría cuenta, así que opté por darle unas monedas. Fue entonces cuando me di cuenta de que no somos más que escorias. No me preguntes porqué. No tengo razón alguna para explicártelo. Un pequeño niño juguetón andaba dándole apenas 20 céntimos. Baja a los infiernos. Están aquí. A pie de calle. Yeahhhhh. Todo vuelve a ser natural. La vida misma. Vaya resaca. Mañana volveré a escribirte.
Por cierto, ¿tienes mis llaves?


