sábado, 26 de enero de 2008

TARDE DE LLUVIA


Te asustas,
te asustas de tu loca boca muda,
te asustas de tu loca boca muda
doliente de palabras,
te asustas de tu loca boca muda
doliente de palabras afiladas
que me acuchillan cada alba poblada
de azules.


Te vas,
te vas siguiendo otras bocanadas,
te vas siguiendo otras bocanadas
que tú recibistes cerrada,
te vas siguiendo otras bocanadas
que tú recibistes cerrada
y calladamente aturdidas.


jueves, 24 de enero de 2008

ROSA NEGRA


Llegará el momento
en el que tenga
que inventariar todo
lo que inventamos.

Decirme que todo se fue,
que todo arraigó lejano:
que se fue balando
y se perdió con el baile
y con la noche
entre la constelación
de las tres luces hueras.

Los recuerdos se desprenden
como la flor apunto de parir,
como la rosa negra
recogiendo sus propios pétalos.

Caen, nos arrastran, nos limitan,
nunca cesan de reprobrarnos
que allí estuvimos,
que allí estarán ellos,
aunque no estemos presentes,
y algún día nos obligarán
a acudir a su cosecha.

EL ENCUENTRO


Me pregunto si el destino
volverá a ponernos
uno frente al otro,
arrebatándonos con fiereza
-con el hurto más noble-
las sonrisa que otras personas
sellaron en nosotros.

Y, así, inmensamente ínfimos
en la urbe
intentar adivinar las estaciones
que hemos recorrido, garabateado
el uno sin el otro.

Ese otro, sí que antes,
quizá no tan lejanamente amargo,
gobernamos en las sombras
de pensar que tras la noche
no habría otros días sin sus noches
por cerrarse a cada vera.

Y con los hondos e incendiados soles,
pasando nuestras manos
por las cinturas de libélulas,
oliendo las humeantes azucenas,
respetar los mayos caer tibiamente,
y aquellos abriles perdidos,
y amoratados.

Allí, quedos, con los pies posados
sobre una acera consabida
y sin nombre,
paladear el sedoso letargo
de volver a encontrarse renovado:
renacer y morir en el mismo brevísimo instante
en que dos almas vuelven a alumbrarse
de estrellas afiladas.
Suplicantes, vacías, sentidas.

E imagino las miradas altas,
voraces, bajando descalzas
por los campos de avellanas en flor,
cruzadas,
levantando empalizadas,
tapias donde fusilar el olvido
y encadenarse.

Luego, quizá, la palabra.
Ya casi redonda, voluptuosa,
vivamente casi terminadas en la mente.
Acorralada. Sin rincones.

Ahora, quizá también, la boca traicionera
con la ternura del pensamiento bordeado
y amansado.

Los labios se suman al vals
de este encuentro:
¡poderoso fogonazo de luces!

Y, aquí, orillados en sus bosquejos de dudas,
los labios...
Casi piensan como un ente más,
casi castañean como tu nombre,
rozan la suplica por desvivir
la existencia que los ata.

Claman entre la polvareda de sílabas atropelladas,
temblorosas...
Tú, tú, tú fuiste...
Tú eras, tú eres, quién serás...

Aquí, hallado yo en mi búsqueda,
creí oportuno expresarme:
-Te habitas con la mueca perfilada,
separando tus corpóreas esquinas redondeadas
de las mías.

Noto tu respiración jadeante,
tensa, abrasadora,
como si, como si
fuese avasallada ahora mismo
y poblada de fantasmas,
de una multitud de seres en tu ser.

Al fin, corroboré
lo que no dije
y sí acuñé en cada instancia mía
de punta a punta.

Que fue bueno verte,
aunque todo quedó ahí,
en mi silente boca muda,
calculando cada punto de fuga
de tus ojos
y, quizá, de los míos.

miércoles, 23 de enero de 2008

LUNA, LUNA, LUNERA


Valerosas cometas,
prendedores gorriones sin vuelo,
con temor arquean cejas, brazos,
los seres orbitados y por estelar,
estrellados.

Esperanzador luto que barrunta, asusta,
arde, busca la palabra huidiza, queda.
Palmeral palpitante, hoja de sierra
de los hombres, de las mujeres,
de los animales por rehacerse,
del dolor latente y constante:
las ventanas siguen abiertas,
luna, luna, lunera.

Tiempo y arena,
todo pasó ruborosamente,
calladamente coleando,
suavemente doliéndose,
aún permanece la locuaz espera.

No hay voz de la memoria,
más allá de la existencia
de la propia voz;
palabras bosquejadas,
no asimiladas, derramadas,
por comprender.

Luna, luna, lunera,
se tañe tu alma de la pura palma,
redonda, tensa, blancamente bella,
filosóficamente acabada.

No, no, ancianas muchachas
que miran el velo de las noches al cielo,
riela, apura, pestañean los astros.

Molientes niñitas que gimotean
al grave, brevísimo,
confundiblemente suspirado,
relevo, del viento,
luna, luna, lunera.

martes, 22 de enero de 2008

ANTES DE LA PALABRA, TÚ


Jugando con las palabras, apurando las ajenas. Las escritas por Ismael Serrano y otras enhebradas como un chiquillo por mi. A ti, aunque nunca me leas ni me mires nunca más de frente. Sabré acorralar los silencios que truenan, la risa que se posa en la mía y queda muerta.
A ti, para cuando mis labios vuelvan a ser mi asesino y mi cruel suicida y vuelva a nombrarte.


A ti, para cuando te hallan llevado lejos o estés por llegar. A ti, ¡demonios!, a ti por cuanto se van las edades y la juventud cada vez que te pienso. Y a mi por cuento velo por algo que no tengo...


(...Ella luego te traía a mis manos.
Mi sangre pasaba con su luz por mi boca.
Y yo entonces estaba hablando con alguien
y arribaba el momento en que tu nombre
con mi sangre pasaba por mi labio.

Un instante mi labio, por virtud de su sangre
sabía a ti, y se ponía dorado, luminoso:
brillaba de tu saber sin que nadie lo viera


Oh, cuán dulce era callar entonces, un momento.
Tu nombre, ¿decirlo? ¿Dejarlo que brillara, secreto, revelado
a los otros?
Oh, callarlo, más secretamente que nunca, tenerlo
en la boca, sentirlo continuo, dulce, lento,
sensible sobre la lengua,
dejarlo pasar al pecho de nuevo,
en su paz querida, en la visita callada
que se alberga, se aposenta
y delicadamente se efunde.

Hoy tu nombre está aquí.
No decirlo, no decirlo jamás, como un beso
que nadie daría,
como nadie daría los labios a otro
amor sino al suyo.)

Historia del corazón, VICENTE ALEXAINDRE


Os dejo mi poema:


Si yo canto para recordar
y para saber que aún seguimos vivos
tú tienes que existir,
aunque piense que por soñarte
recuperaré el candor del vuelo
de unas alas rotas, princesa.

Aunque sea mozo
y noble gozo de la libre paloma
para venderme y caer,
siempre donde mi libertad prefiera,
debes de existir, princesa.

¿Quién va a ser mi dueño
cuando ardan las barras de bar?
¿Quién apostará sus mejillas de cera
sobre las mías?
¿Quién te hará preguntas estúpidas
y te hablará con unos codos ebrios?

No te busco princesa:
te he encontrado
porque he seguido tu rastro
de coronas, templos, altares
y pisadas sobre la crujiente
y agrietada nieve.

Tus pequeños pies,
fulgor de la rosa inquietantemente vacía
y encadenada,
han llenado tres mundos, tres.

Y cuatro cofres australes,
con sus días y sus noches,
de pobre vino que has llenado
de uva quemante.

VIVO


"Es por la piel secreta, secretamente abierta,
invisiblemente entreabierta,
por donde el calor tibio propaga su voz,
su afán dulce"

Historia del corazón, VICENTE ALEXAINDRE

Os dejo mi poema:


A los corazones rotos, bocanadas.
A las almas vacías, suspiros.
A los cuerpos indelebles, ¡vivo!


De las rosas apagadas, aniquiladas baladas.
De las fraguas abiertas, traición de azucenas.
De las calles partidas, perturbadores amores.


A los adelantados veranos sin otoños, mis inviernos.
A las tinajas murmuradoras por llenarse, mis manojos de brotantes sueños.
A las lágrimas quejosas por desllorarse, mis silencios.


De los esculpidos versos que se ignoran, ¡siento!
A las aladas blancuras de las nieves, ¡áureo!
De las manos por tocarse y desvivirse, ¡cuerpos!
Al temblor de los húmedos recuerdos, ¡muero!

sábado, 19 de enero de 2008

PENSARTE


¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe
(La princesa está pálida. La princesa está triste)
más brillante que el alba, más hermoso que el abril!


"Calla, calla, princesa --dice el hada madrina--;
en caballo con alas, hacia acá se encamina
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
que llega lejos, vencedor de la Muerte,
encenderte los labios con un beso de amor."


Prosas Profanas, 1986, Rubén Darío


Os dejo mi poema:


¿Dónde hallarte,
dónde empezar a buscarte de nuevo?
Llámame loco,
cuerda locura
que tiende a salpicarme
de una corazonada de humildad.

Es una tensa aparición de conciencia.
Se revela como un beduino
a altas horas de la noche en un desierto
para dar la sepultura a los sultanes de Oriente.

Para qué volver
a atajar las riendas
de los mapas perdidos de tu cuerpo.
Para qué nombrarte
si me deshago entre tu boca y la mía.

A veces pienso que las cosas pasan rápido.
Otras, que detrás de todo está mi huida.
Una huida que pisa sobre sus centellas el lomo.
Una huida que no tiene otro nombre que el de huida
y tras el cual no hay nada más que la desbandada.

Son celdas con rejería de oro, crines vigorosos y altivos,
imperiosas enrededaderas de cándida luz celeste...
Todo, todo, me recuerda a ti, luna mía.

Estabas llena de motivos árabes,
captabas la resonancia de los ecos
entre las noches de mis palabras...

Eras tanto como esa niña que dice ser mía
y ahora te vas,
y ya no me acuerdo de tus labios puros,
frescos, enteramente recortados
por una silueta de jazmines.

Detrás de cada espera siempre has estado tú.
Pero ahora yo tiendo a castigarme
por cómo pude gobernar mis silencios,
mis pequeñas y caladas manos,
mis ojos al posarse en cada labio tuyo,
mi pecho contra el tuyo,
mis adióses esperando un guiño de tus ojos,
tus cabellos que escalan los rayos del sol.

En fin, debo despedirme
con la amargura total
y la distancia del que sabe
que algún día volverás a estar
en mi temblante boca.

Soberanamente adormecida tras la lengua,
con los gestos ya pensados en cómo prepararme
para escuchar de nuevo "¿hola, qué tal estas?"
O quizá eso y nada, o todo a la vez
vuelque su teclado de marmórea acidez
y estalle en mí la cólera del que no puede
empujarse más hacia el abismo de tener más detalles.

En cualquier caso, sueño que volverás húmeda, rezumada,
pálidamente bella y murmuradora,
y, aún así, volverás a hacerme daño con solo tocarme.